Las fianzas del Tribunal de Cuentas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Pagaré, pero dejen de malversar

Es injusto que solo paguen los lacistas, cuando los demás desde hace años disfrutamos y nos reímos con el espectáculo que nos brindan

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Actuación de la Policía Nacional en la escuela Ramon Llull durante el referendum del 1 de octubre del 2017.

Actuación de la Policía Nacional en la escuela Ramon Llull durante el referendum del 1 de octubre del 2017. / FERRAN NADEU

Estoy dispuesto a pagar, pero no se me embarquen en más malversaciones, que así nunca vamos a terminar. Pasen la hucha y algo voy a meter, pero dejen en paz el dinero público, que aunque ustedes piensen que no es de nadie, es de todos. Conocí a un jugador que había inventado el sistema definitivo para ganar a la ruleta, una manera infalible de salir del casino con los bolsillos a rebosar. De tan sencillo, parecía increíble que a nadie se le hubiera ocurrido. Se trataba solo de apostar a negro o rojo una buena cantidad y, caso de perder, en la siguiente jugada apostar el doble. Si volvía a perder, apostar el doble de nuevo. Y así sucesivamente, hasta acabar ganando. Apostó 100 euros a negro. Salió rojo. Repitió la operación con 200 euros. De nuevo la suerte fue esquiva. Después de seis jugadas desafortunadas, tenía que apostar ya 6.400 euros. La única suerte que tuvo aquel día es que no llevaba más dinero encima, puesto que, con 15 malas jugadas, habría perdido 3.276.800 euros. Temo que el ‘governet’ va por el mismo camino, que eso de malversar dinero para avalar a presuntos malversadores solo puede conducir a nuevas multas por malversación al actual ‘governet’, que tendrá que avalar el próximo ‘governet’ malversando y etcétera, en un círculo más idiota que vicioso. Pasen el cepillo por los hogares de los catalanes, que algo pondremos, aunque sea para evitar ser el hazmerreír del mundo.

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A raíz de mi artículo de hace una semana, una lectora me hizo notar lo injusto de que solo paguen los lacistas, cuando los demás también nos hemos divertido. Mejor dicho, cuando los demás nos hemos divertido más. No, no, a ver si lo digo bien: cuando los demás somos los únicos que nos hemos divertido. No le falta razón. Es de ley que los espectadores paguen por la función, y más si salen satisfechos y alegres, como es el caso. Desde hace años reímos gracias a los lacistas, o quizá no gracias a ellos sino de ellos, pero da igual: es de justicia que paguemos por la diversión. Yo mismo recuerdo con nostalgia el 1-O, disfruté aquella jornada como espectador –la primera de muchas que vendrían, una ‘première’ como quien dice– desde una terraza junto a un colegio electoral, tomando cañas con un amigo: gritos, sirenas de policía, chillidos, manos en alto, “queremos votar”, insultos, algún porrazo, llantos, no faltó de nada, un espectáculo de primera, camarero, ‘halfavó’, tráete un par más de cañas, que eso va para largo. Por no faltar, no faltó ni la escena emotiva final, cuando un escuadrón de bomberos –digo escuadrón porque así venían formados– llegó a deshoras y el Manguera Primera, o como se llame el bombero que manda, con un megáfono pidió perdón por no haber llegado antes a socorrer a los votantes. Aquel hombre pequeñito –digo yo que su función en el cuerpo sería la de acceder a los edificios siniestrados por la gatera– creía estar al frente del Séptimo de Caballería y no de un grupito de bomberos. Fue un final extraordinario, con mi amigo incluso aplaudimos puestos en pie, y si no gritamos “bravo” ni reclamamos que saliera el autor a saludar, fue porque teníamos la boca llena de olivas rellenas, camarero, tráete ahora unos berberechos.

Desde aquella diversión inicial, ha sido un no parar, incluso los miembros del ‘governet’ son elegidos en función de su capacidad para provocar la carcajada del respetable. Tal esfuerzo merece un ingreso en la caja de resistencia, no seamos tacaños.