La importancia de la empatía

Marc, el enfermero

Hay que tener en cuenta el valor añadido que aporta un buen profesional sanitario cuando trata con los pacientes y sus familiares en situaciones de extrema gravedad

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Uci del Hospital Vall d’Hebrón, en abril de 2020

Uci del Hospital Vall d’Hebrón, en abril de 2020 / Ferran Nadeu

Este artículo va a tener un enfoque mucho más personal de lo que es habitual en mí. Supongo que se debe a que, cuando tienes vivencias propias que te marcan en lo más profundo, resulta casi inevitable que se mezclen la parte personal con la profesional.

Hace unos días y de manera inesperada, mi abuela materna ingresó en el hospital con un pronóstico muy grave, que resultó ser terminal. Los dos días que pasamos en el hospital junto a ella, sabiendo el desenlace al que nos enfrentábamos, me hicieron reflexionar acerca del comportamiento de los profesionales que nos atendían y, sobre todo, acerca de la heterogeneidad en el trato recibido y las enormes consecuencias que esa variabilidad tiene para el enfermo y para los familiares que lo acompañan.

Si bien el trato fue siempre correcto (y seguro que acorde a los protocolos establecidos), era claramente diferente la capacidad de empatizar con el paciente y con los familiares que mostraba cada uno de los sanitarios que nos acompañaron. A su vez, son inmensas las consecuencias que tales diferencias generan en cuanto a la calidad de vida y al acompañamiento emocional. Al observar esto, recapacité sobre el hecho de que, a pesar de estar especializada en la economía de la salud, no conozco estudios que hayan cuantificado estos efectos, lo cual sorprende porque es una práctica muy habitual en otras áreas de la economía aplicada, por ejemplo, la economía de la educación.

Se ha analizado los efectos de un buen profesor en sus alumnos, pero no conozco estudios similares en el área de la economía de la salud

En ese ámbito trabaja Raj Chetty (Universidad de Harvard), uno de los economistas pioneros en la estimación del valor añadido que aporta un buen profesor a sus estudiantes. En su trabajo, define el valor añadido de un profesor como el aumento promedio en las notas de sus estudiantes, una vez que se han tenido en cuenta las características de los estudiantes y se ha filtrado ese componente. Para poder identificar todos los elementos, los estudios se centran en la evolución de las notas de los estudiantes cuando un buen profesor (los que aportan más valor añadido) empieza a hacerse cargo del grupo. Los datos analizados de más de un millón de estudiantes en Estados Unidos muestran que ese buen profesor provoca un incremento inmediato en la nota final de sus alumnos y, también, hace que sea menor la probabilidad de tener un hijo durante la etapa de la adolescencia; además, está relacionado con el aumento de la probabilidad de que los estudiantes continúen con su carrera académica hasta el nivel universitario y da lugar a que obtengan un salario mayor cuando entran en el mercado laboral. A modo de ejemplo, los jóvenes que tienen la suerte de ser asignados a un profesor que aporta un alto valor añadido, aunque solo sea durante un curso de la educación primaria, ven que el nivel de ingresos acumulado a lo largo de su trayectoria laboral aumenta, de promedio, en 80.000 dólares. Y, como derivada, esos efectos también repercuten en las generaciones futuras, pues el aumento de la capacidad adquisitiva de esos futuros padres y madres beneficiará a sus hijos.

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Esta metodología de análisis no está exenta de críticas por parte de investigadores que argumentan que las notas y los salarios no son medidas suficientes para obtener una evaluación completa del valor añadido que un profesor supone para sus alumnos. Así, clasificar a los profesores según este tipo de valor añadido omite del análisis aspectos educativos importantes, de tipo más emocional y social, que son relevantes para garantizar la formación integral en la infancia y la adolescencia. 

No obstante, ese ejemplo, tan vigente en el área de la economía de la educación, me sirve para ilustrar mi reflexión: es necesario adoptar medidas más integrales en la valoración del trabajo de los profesionales sanitarios; es decir, hay que tener en cuenta su valor añadido, sobre todo cuando tratan directamente con los pacientes y sus familiares en situaciones de extrema gravedad, confusión y frustración. En nuestro caso particular, el enfermero Marc (de Mollerussa) supuso un bálsamo que nos ayudó a apaciguar las dudas, los miedos y la desesperación, e hizo que pasáramos esos momentos difíciles con la sensación de que teníamos a alguien dentro del hospital que estaba de nuestro lado y que nos facilitaba la estancia. Gracias, Marc, por tu solidaridad y por tu empatía; en nuestra experiencia, tú fuiste EL sanitario con un valor añadido extraordinario.