Pros y contras

Tiniebla y esperanza en el Grec

Julio Manrique convierte 'Carrer Robadors' en una carrera frenética, intensa, sin puntos muertos, subyugante, hacia una cierta idea de felicidad que se percibe lejana y quizás inalcanzable, un espejismo

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Representación de ’Carrer Robadors’

Representación de ’Carrer Robadors’ / David Ruano

Cuando se publicó 'Carrer Robadors', de Mathias Enard, el periodista Vern Bueno escribió en la revista 'Núvol' que la novela que narra la historia de fuga y de fugas del joven Lakhdar desde Tánger a Barcelona "salta de un círculo infernal a otro como si fueran las casillas de un juego de la oca". Es una buena definición de esta epopeya contemporánea que es a la vez el retrato de un chico y de su instinto de supervivencia, de su dramático camino hacia la madurez, y también el de una generación, de una tragedia colectiva y de una redención.

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El montaje que ha inaugurado el Grec 21, de la mano de un Julio Manrique que convierte el recorrido obsesivo y zigzagueante de la oca, lleno de obstáculos, en una carrera frenética, intensa, sin puntos muertos, subyugante, hacia una cierta idea de felicidad que se percibe lejana y quizás inalcanzable, un espejismo. La obra empieza y acaba igual, con las palabras de Lakhdar (interpretado por un Guillem Ballart colosal, enérgico y energético, que tiene coraje y lo transmite): "Los hombres somos como perros. Perros que muerden cuando tienen miedo. Y que también buscan caricias". 'Carrer Robadors' nos cuenta el viaje de la tiniebla, pero también de la esperanza.