Indultos

Después del 'procés', hoy

Tienen razón quienes dicen que el punto final de hoy no es una solución para nada. Pero se equivocan los que no reconocen que abre el camino. Pedro Sánchez intenta un volver a empezar pero sin olvidar

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Los presos del ’procés’ abandonan la cárcel tras el indulto del Gobierno.

Los presos del ’procés’ abandonan la cárcel tras el indulto del Gobierno. / EFE / QUIQUE GARCÍA

Aunque todos sepamos que un indulto no es una amnistía también conocemos la distancia entre lo posible y lo actualmente imposible. Lo subrayo porque algunos independentistas realistas se han pasado un poco ninguneando teatralmente la medida de gracia, pese a ser la única salida hacia el desbloqueo. La mayoría de los catalanes quería que los políticos saliesen definitivamente de la cárcel. Pero no hay una mayoría de catalanes partidarios del aquí casi no ha pasado nada, que es lo que significaría una amnistía cuando aún se oye el volveremos a hacerlo, aunque ahora sea más una frase poética sobre la libertad de los pensamientos irreductibles que una promesa de volver a agredir el Estatut y la Constitución

Ayer sí que fue verdad lo de que se acabó el famoso 'procés'. Sin duda empieza otro, pero muy distinto. Utilizaré palabras claras y sin darles sentido insultante, para recordar aquella noche de autos presidida por la cobardía y la impotencia de Puigdemont y Rajoy. Cobardes por no arriesgarse a pactar una convocatoria estatutaria de elecciones y el segundo por no atreverse a decepcionar a los ultras no imponiendo el 155. Impotentes ambos por carecer de estoque duro para resolver políticamente el problema de cualquier otra manera. La tercera palabra alude a las traiciones. Por la situación pululaban unos mediadores desoídos, pero junto a Rajoy estaban inculcándole miedo sujetos del calado ético de Fernández Díaz o la Cospedal, y alrededor de Puigdemont gritaban los Junqueras y Marta Rovira su chantaje --chocar contra la pared o chocar contra la pared--, solo explicable por ceguera o partidismo. Junto a eso, barullo y teléfonos en los palacios, mientras dos bloques de ciudadanos sin ningún puente entre sí, en sus casas o la calle, esperaban a ver cómo caía una moneda que --aunque ellos no lo sabían-- tenía una sola cara.

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El epilogo ha tenido algunas posturas indecentes, dentro y fuera de la cárcel, radicalismo verbal tanto de los que abandonaron a su gente cruzando la frontera para capear personalmente el trago desde fuera como de los españolistas que pedían venganza. Además, el sirimiri del lento desfile de políticos y comentaristas secesionistas urgentes pasándose al llamado realismo gradualista, casi siempre sin una autocrítica pública.

Tienen razón quienes dicen que el punto final de hoy no es una solución para nada. Pero se equivocan los que no reconocen que abre el camino. Pedro Sánchez intenta un volver a empezar pero sin olvidar, y arrastra --hecho histórico-- a muchos españoles a pensar en las claves más que en los efectos del desencuentro. Le acompañan rectificaciones, sinceras o forzadas. La más llamativa, la de Felipe González, pasándose al bando de los que necesitan creer en más cosas que las que imponen esos jueces no elegidos por la gente de la España de ahora. Enfrente, ERC no renuncia a sus objetivos, pero acepta recolocarse dentro de las reglas del juego con Junqueras en un papel algo similar al de Felipe. Queda cada vez más fuera de todo Puigdemont preguntando cómo queda lo suyo, dejando claro que lo suyo ya no es lo que pasa en Catalunya sino su situación particular.