Grietas sociales

Caerse

El sistema ya no es el “vuelva usted mañana” de Larra. Ahora le hemos puesto un disfraz brillante, y quizás lo llamamos “algoritmo”, o lo vestimos de eficiencia, o le llamamos “desafortunado incidente”, aunque el incidente sea que un niño se suicida porque su escuela quiso hacer ver que la grieta del 'bullying' no existía

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Caerse

El sistema, se supone, está hecho a prueba de grietas. Tanto, que quien se cae por ellas es poco menos que un traidor. Y te caes si te falta un único papel para que el juez no te desahucie. O si por unos meses no llegas a la edad en la que te pueden ingresar en un hospital para tratar tu trastorno alimentario. O, si por los mismos meses, pero en exceso, ya no eres un menor no acompañado que necesite protección y te has convertido en un adulto invisible. 

El sistema ya no es el “vuelva usted mañana” de Larra. Ahora le hemos puesto un disfraz brillante, y quizás lo llamamos “algoritmo”, o lo vestimos de eficiencia, o le llamamos “desafortunado incidente”, aunque el incidente sea que un niño se suicida porque su escuela quiso hacer ver que la grieta del 'bullying' no existía. La grieta es ser demasiado rico para una ayuda del Estado, pero demasiado pobre para sobrevivir, un error administrativo que te impide vacunarte o morirte solo y que nadie se dé cuenta hasta años después, porque los recibos se han seguido pagando con tu pensión. 

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Apuntalar no es sexy; seduce más un edificar algo nuevo, y grande, y vistoso (una nueva ley de educación, otra 'conselleria', un partido de ultraderecha, un aeropuerto mayor) que decrecer, remozar, cuidar y tapar los baches, y evitar que nadie caiga en y por ellos. Cada vez que alguien pregunta, “¿qué están reivindicando -las mujeres, las personas LGTBI, las racializadas o con diversidad funcional o lo que sea-, si ya tienen igualdad sobre el papel?” una grieta invisible se abre, y -no falla- alguien muere despeñado. 

Quizás podamos, al menos, acordar que el piso no es igual de firme para todos, y que en los límites del sistema, es fácil que el pie se trabe. Y, sobre todo, denunciar las imposturas, no dejar que se caven zanjas mientras nos toman el pelo y nos dicen que jiji, jaja, hay que lavar de madrugada y pochar los huevos en lugar de freírlos para ahorrar, y que no vayamos al trabajo con el metro en hora punta porque podemos contagiarnos. Si no lo hacemos, pasará que un día, sin darnos cuenta, a base de pasar por alto tantas grietas, nos quedaremos sin cimientos sobre los que construir nuestro futuro.