Editorial

Salvar al planeta cada día

Más allá de la concienciación ecológica, las instituciones deben actuar en coherencia con los compromisos adquiridos a la hora de adoptar decisiones concretas

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Acción en la víspera del Día Mundial del Medio Ambiente, en Barcelona.

Acción en la víspera del Día Mundial del Medio Ambiente, en Barcelona. / Ricard Cugat

Desde que, en 1973, Naciones Unidas decidió instaurar el Día Mundial del Medio Ambiente, la evolución de la sensibilidad ecológica ha dado muchos pasos adelante. Tantos como pasos atrás ha dado la salud del planeta. Casi 50 años después sigue siendo uno de los días simbólicos y reivindicativos con más sentido y con más entidad. Son necesarias cada una de las iniciativas que ayuden a mantener viva la concienciación ciudadana ante las evidencias cada vez más alarmantes sobre las consecuencias de la actividad humana en forma de cambio climático y drástica disminución de la biodiversidad

En el segundo tercio del siglo XX y, especialmente, en las primeras décadas del XXI, la percepción del deterioro irreversible del planeta ha contado con una gran mayoría de voces experimentadas en el ámbito científico, que han lanzado repetidos gritos de alarma, apenas ensordecidos por los negacionistas que, aun así, han logrado retrasar en los últimos años iniciativas de ámbito mundial. El caso de Estados Unidos, con Trump al frente, es paradigmático. En su conjunto, la conciencia ecológica se ha impuesto, con altibajos, y, aunque partiendo de supuestos compartidos, se ha ralentizado a causa de los conflictos entre países industrializados, emergentes y en vías de desarrollo, cada uno con sus propias dificultades para hacer viable la transformación de todo el sistema energético global. Las distintas cumbres climáticas, y en especial el Acuerdo del Clima de París y el posicionamiento de la Unión Europea con su plan de descarbonización de la economía en 2050, son hitos que han ido jalonando un largo recorrido. 

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En el apartado de la sensibilización colectiva, pues, y muy claramente entre las generaciones de jóvenes, la conciencia ambiental y la responsabilidad de cada ciudadano se ha acrecentado. Según el reciente estudio de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECyT), un 80% de los españoles reconoce la gravedad del problema. Un porcentaje altísimo, asimismo, apuesta por el reciclaje y considera que el consumo irracional es uno de los factores clave para definir la situación. Sin embargo, es necesario constatar que estamos hablando de grandes magnitudes y que la voluntad individual es una parte importante, imprescindible, pero no decisiva de la solución. Un solo centenar de empresas emite más del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero y se calcula que el 1% más rico del planeta contamina más del doble que el 50% de la población más pobre. 

Con este panorama, el Día Internacional del Medio Ambiente se dedica este año a la restauración de ecosistemas, con el lema 'Reimagina, recupera, restaura', y bajo la perspectiva de un decenio que debe revertir la degradación ambiental para lograr los objetivos marcados en la Agenda 2030. El compromiso de las instituciones debe ser radical. Más allá de la educación ecológica, deben aplicarse con claridad y coherencia los compromisos adquiridos. Cuando llega el momento de confrontarlas a una decisión concreta –el futuro de los sistemas aeroportuarios, las limitaciones a los vehículos con motores de combustión, la decisión, desde el punto de vista individual, de cómo administrar la propia movilidad, las inversiones en transporte público– el imperativo económico no ha de hacer olvidar las buenas palabras. Es más, cualquier razonamiento ha de incluir la búsqueda de un impacto ambiental neutro o positivo como condición inseparable y necesaria en cualquier proyecto de crecimiento.