Rodaje de cine

Ensayo valiente

El cine te permite ensayar y, cuando estás satisfecho, fijar esa actuación impecable descartando las torpezas. Aún así, el tiempo te alcanza y tiene límite la cantidad de veces que puedes repetir una toma

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Rodaje de una película, en 2019.

Rodaje de una película, en 2019.

Cuando decidimos rodar un ensayo porque tenemos confianza en que saldrá bien, Juan Carlos Gómez, el director de fotografía de la película 'El comensal' que dirijo, propone hacer un “ensayo valiente”. Me gusta el término. El otro día me vino a la cabeza, cuando escuché una canción del músico donostiarra Rafael Berrio que no conocía. La primera estrofa dice: “Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro. Como si yo tuviera el don de vivir por mí dos veces. De haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura, y haber malgastado en borradores la presente.” Es una canción maravillosa, para mí de las mejores de la música española de este siglo. La letra te deja sin respiración y la melodía y la instrumentación de piano y cuerdas que la sostienen son imponentes. Yo también temo haber vivido mi vida como si fuera un simulacro, reservando la ropa mejor, la vajilla buena, la pulserita de oro para los días importantes que no llegan nunca.

El cine te permite ensayar y, cuando estás satisfecho con el resultado, fijar esa actuación impecable descartando las torpezas. Aún así, el tiempo te alcanza y tiene límite la cantidad de veces que puedes repetir una toma. La jornada laboral es finita y, si insistes en hacer un plano hasta que salga perfecto, puedes quedarte sin hacer otros, que también necesitarás para contar bien la escena. Entonces, la oración quedará coja: con verbo y sin predicado; con sujeto, pero sin complemento directo. Un personaje tendrá mucha presencia, porque fotografiaste de manera irreprochable su parte y otro no estará ni bien ni mal, sino desaparecido, porque no administraste bien tu tiempo y no lo incluiste.

Creemos que Darwin afirmaba que en la naturaleza sobrevive el más fuerte, pero no es así. Lo que Darwin decía es que en la naturaleza sobrevive quien aprende a colaborar

Por eso, el cine se basa en un pacto tácito de lealtad mutua: todos trabajamos para todos. Creo que esto es lo que más me gusta de mi profesión. Un grupo de gente, que se puede conocer o no, se reúne y acuerda ayudarse, respetarse y trabajar juntos por un objetivo común, tan etéreo e inútil como contar una historia de ficción lo mejor posible. Se trabaja con denuedo. Hacemos enormes esfuerzos para completar el puzle que es una historia, empeñados en alcanzar un fingimiento perfecto. Ese objetivo nos une durante un tiempo, que no supera unas semanas, en las que nos comportamos como si siempre hubiéramos trabajado al unísono porque compartimos, durante los instantes que dura cada toma, idéntica fantasía.

 

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Décadas después de haber empezado en este oficio, me sigue asombrando la facilidad y la velocidad con la que personas tan distintas nos amoldamos unas a otras, sincronizamos nuestras mentes y nuestras manos. Por eso no hay nada que me conmueva más que esos minutos de quietud e inmovilidad absoluta al final del día, mientras el técnico de sonido graba lo que llamamos 'wild track', el ambiente sonoro natural del lugar donde hemos rodado. La gente tiene ganas de recoger y marcharse a casa, pero se detienen, se congelan en el sitio mientras escuchan los pájaros o el tráfico o el murmullo lejano de los niños en el parque o el zumbido de las neveras en un bar o el de los ascensores en una escalera… lo que toque. Aunque, ahora que lo pienso, hay algo que me conmueve casi más: cuando los actores pasean con naturalidad, intercambiando su diálogo por una calle y un cortejo de personas los preceden silenciosos, caminando marcha atrás cargados con una cámara, la pértiga de un micrófono, un reflector para dar luz, una bandera para dibujar una sombra… Cuando veamos la escena en la pantalla, no sospecharemos jamás que una docena de adultos rodeaban a los personajes, en una coreografía armoniosa y muda. El cine es un juego que se hace en serio. Las jornadas son largas, la convivencia estrecha. Los puestos se denominan “jefe de equipo” y luego “ayudante” y “auxiliar”. “Equipo”, “ayudar”, “auxiliar” qué hermosos conceptos y qué necesarios.

Creemos que Darwin afirmaba que en la naturaleza sobrevive el más fuerte, pero no es así. Lo que Darwin decía es que en la naturaleza sobrevive quien aprende a colaborar. Pensábamos que la pandemia nos iba a dejar esa enseñanza. Pero la vacuna ha llegado y retomamos las malas costumbres de antaño, al mismo ritmo que nos inmunizamos. Sin embargo, como cantaba el tristemente fallecido Berrio, no vivimos dos veces. Vivir no es un simulacro, es un ensayo valiente de toma única, que queda fijado irreversiblemente. Solo excepcionalmente hay segundas oportunidades. La pandemia nos ha dado una inmensa. Nos ha herido y a la vez nos ha revelado carencias y excesos. ¿No valdría la pena aprovecharlo?