La industria en España

Quien no inventa, no renta

La capacidad inventiva española languidece, ahogada por la inmediatez del pelotazo fácil

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Una batidora Minipimer, invento español.

Una batidora Minipimer, invento español.

Me ha conmovido el invento del Yayagram, un rudimentario artefacto traductor para que una abuela de 97 años pueda comunicarse con sus nietos, que usan Telegram. Es obra del ingeniero burgalés Manuel Lucio. Una muestra más del ingenio hispano en materia de invenciones. Una idea fresca que, sin embargo, no se va a rentabilizar. El Ministerio de Ciencia e Innovación, anunció hace poco, a bombo y platillo, que las patentes españolas se habían incrementado en 2020 un 9%. En total 1.483 solicitudes. Pero olvidaba mencionar que hace una década eran el doble. Y que casi todo el aumento del año 2020 ha sido referido a temas médicos por el susto del covid. En el mundo se presentaron el año pasado 3,3 millones de patentes, de las cuales 1,4 correspondieron a China, 621.000 a Estados Unidos, 307.000 a Japón. Pero hasta Polonia nos ha superado con 4.361 y Marruecos con 2.730. Si hablamos de modelos de utilidad, un rango inferior a la invención, el panorama es similar. Definitivamente estamos perdiendo el tren de la innovación. En el 'ranking' de la WIPO, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, estamos en el puesto 30, por debajo de Chipre

Y si las cifras absolutas pueden llevar a engaño, hay otro indicador infalible, el tanto por ciento dedicado a I+D+i respecto al PIB de cada país. En España es el 1,25%, en Corea del Sur el 4,5, en Alemania el 3%. Pero hasta Portugal con el 1,40 o Grecia con el 1,27 nos superan. Y en España, la relación entre comunidades es la siguiente: Euskadi 1,97, Madrid 1,71, Navarra 1,67 y ojo, Catalunya otrora llamada la fábrica de España, apenas 1,52. Lo preocupante es que hace una década habíamos alcanzado un 1,7% para luego ir declinando. Nos hemos dedicado en cuerpo y alma a los servicios, el turismo y la construcción y hemos abandonado la industria. Desde el ADI-FAD, al otorgar sus Premios Delta de diseño industrial, ya nos advirtieron sobre la urgencia de reindustrializar el país. Si queremos tener cierta autonomía productiva, y no estar suplicando favores al extranjero cuando de repente nos quedemos sin respiradores o mascarillas, hay que espabilar. Catalunya tiene todas las cartas para poder redireccionar su estrategia de progreso sostenible.

En el ránking de la WIPO, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, estamos en el puesto 30, por debajo de Chipre 

En otros países han tenido muy claro la importancia que supone estimular y proteger la inventiva. Se acaba de publicar el libro 'Patented', de Thomas Rinaldi, (Phaidon) que reúne 1.000 patentes registradas en Estados Unidos desde 1900 hasta hoy en día. Lo encabeza una mesa de billar y una plancha, y concluye con un robot y, cómo no, una mascarilla respiratoria. Este país es conocido por haber creado el Patent Act en 1790, justo un año después de aprobar su constitución, para proteger la invención. Tuvieron claro desde un principio que facilitar la creación a nivel federal era la base de su autonomía como nuevo estado. Por el libro desfilan los principales productos que han ido marcando el progreso civilizatorio, desde la maquinilla de afeitar –primero de cuchilla cambiable, luego eléctrica– , a la nevera, teléfono, cámara de fotos... También rarezas como una guitarra teclado patentada por Prince o una caja para guardar bebidas de Francis Ford Coppola. Hay productos de origen japonés, francés, alemán, muchos italianos… y solo dos españoles. Una Minipimer de Braun España diseñada por José Z. Zimnowick, es decir que de español poco. Y un sillón de Patricia Urquiola, –asturiana que vive en Milán– para la marca italiana B&B. Ídem. La proporción es preocupante: 0,2%. 

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