Historia de un fracaso

Afganistán, otra guerra perdida por EEUU

La soberbia de rechazar la rendición talibán después de derrocar el régimen en menos de un mes y no aceptar negociar el fin de la guerra fue el germen de la derrota de la contienda más larga del país norteamericano

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Un soldado estadounidense inspecciona un atentado en el norte de Afganistán

Un soldado estadounidense inspecciona un atentado en el norte de Afganistán / Noorullah Shirzada (AFP)

Afganistán vuelve al dominio talibán después de 20 años de guerra y cientos de miles de afganos muertos, en su mayoría civiles, además de 2.300 soldados de Estados Unidos y otros tantos de la coalición de más de 40 países implicada en la contienda, incluidos 102 españoles. El gasto para los contribuyentes estadounidenses de esta nueva derrota a la vietnamita en el historial del Ejército más poderoso del mundo supera los dos billones de dólares. 

Washington se había enzarzado en el lodazal afgano mucho antes, en diciembre de 1985, cuando Reagan anunció por radio a la nación “la lucha por un Afganistán libre”. Se trataba del envío masivo de apoyo a los muyahidín, radicales islámicos que combatían a las tropas soviéticas que ocupaban ese país de Asia Central. Después del 11-S muchos de ellos, como Gulbudin Hekmatiar, fueron considerados terroristas. La alianza muyahidín logró echar a los soviéticos, pero al conquistar Kabul desató entre sus fuerzas una guerra tan salvaje que alumbró a los talibanes. 

Según una encuesta publicada en abril por 'The Economist', más de un tercio de los adultos de EEUU cree que la guerra no se puede ganar y casi el 60% es favorable a la retirada de tropas anunciada por Biden para el 11 de septiembre haya o no acuerdo. Los talibanes querían que se hubiesen ido en mayo, cómo negociaron con Trump, pero se impuso la prudencia después de que el Pentágono reconociera que en Afganistán había 3.500 militares estadounidenses en lugar de 2.500.

La invasión, tras los ataques a las Torres Gemelas, fue justificada por Bush para eliminar la amenaza de Al Qaeda y acabar con la tiranía talibán, lo que permitiría llevar la democracia al país y liberar a la mujer afgana. Ni lo uno, ni lo otro se ha cumplido. EEUU se va dejando un Estado fallido sumido en la violencia, la corrupción y la pobreza. En dos décadas de ocupación, no ha construido nada más allá de cuarteles, cárceles e infraestructuras para facilitar el movimiento de sus tropas y de los cuerpos de seguridad afganos que forma y se deshacen como azucarillos bajo la presión talibán.

Obama aumentó las tropas hasta 100.000 para limpiar el país de insurgentes y reconstruirlo, pero con sus drones asesinos solo logró aumentar las filas de la insurgencia y hundir cualquier posibilidad de reconciliación nacional. Es difícil decir cúal de los presidentes estadounidenses lo ha hecho peor en Afganistán..

El vacío que dejan el Pentágono y sus acólitos se lo disputan Rusia y China, que ya han mantenido conversaciones con los talibanes

La soberbia de rechazar la rendición talibán después de derrocar el régimen en menos de un mes y no aceptar negociar el fin de la guerra fue el germen de la derrota de la contienda más larga de EEUU. Ahora son los talibanes los que saborean su victoria y no tienen interés en compromisos que supongan concesiones. Sobre la mesa de las conversaciones de Estambul se cierne su dominio de más de la mitad del territorio afgano.

Envalentonados por los logros conseguidos en 20 años de lucha en los que no han dudado en cometer los más atroces atentados para aterrorizar tanto a sus conciudadanos como a las tropas extranjeras, la propaganda talibán se nutre de la desesperación del Gobierno afgano. Las deserciones y los abandonos de los puestos de control crecen conforme se hacen inasumibles los ataques a los cuerpos de seguridad que entre muertos y heridos pierden desde hace tres años miles de efectivos al mes.  

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El acuerdo firmado con Trump en febrero de 2020 establecía la retirada total de las tropas de EEUU antes del 1 de mayo de 2021 a cambio de que los talibanes dejaran de atacar a los militares extranjeros y cortaran sus lazos con grupos terroristas internacionales como Al Qaeda. Biden negocia una salida escalonada tanto de los soldados norteamericanos como de los 7.000 de la OTAN (27 españoles) y demás aliados, que finalizará el 11 de septiembre.

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EEUU pretende que se forme un Gobierno interino que facilite la retirada y que pasaría por la dimisión del presidente Ashraf Ghani, pero el desprestigiado mandatario es rotundo en su rechazo. Los talibanes, por su parte, no están dispuestos a compartir un poder que les ha costado tanto alcanzar, sobre todo porque saben que más que contra el Ejército, la batalla se presentará contra algunos señores de la guerra atrincherados en sus bastiones. 

La suerte de Afganistán está echada. El vacío que dejan el Pentágono y sus acólitos se lo disputan Rusia y China, que ya han mantenido conversaciones con los talibanes. Moscú, cuya derrota en Afganistán propició el hundimiento de la URSS, está ansiosa por confirmar el fracaso estadounidense. Pekín quiere la pacificación de su vecino para explotar sus recursos naturales e impulsar un desarrollo que permita al nuevo Gobierno dedicarse a los negocios y frenar la penetración en China del radicalismo islámico.