Discriminaciones

Odio interseccional

Las desigualdades y las opresiones que perpetúa el sistema patriarcal y capitalista no se pueden entender por separado

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Mural feminista en la antigua carcel Modelo de Barcelona.

Mural feminista en la antigua carcel Modelo de Barcelona. / Ferran Nadeu

Nuestra sociedad ha sido organizada en base a unos privilegios que ahora denominamos derechos, pero que al ser vulnerados de manera sistémica y estructural, se convierten de nuevo en privilegios. Es un sistema —el patriarcal y capitalista— que jerarquiza grupos sociales. En la cúspide de la pirámide encontramos el centro y la medida de todas las cosas: el hombre blanco, cishetero, de clase media-alta. Mucha gente ridiculiza esta manera de analizar las relaciones y las dimensiones del poder, pero el androcentrismo es una realidad y obviar sus consecuencias no soluciona nada. 

De aquí, de todo aquello que no es el Hombre, nace la interseccionalidad, una teoría que nos ayuda a comprender que las violencias que convierten los derechos en privilegios no funcionan de manera estanca. Las desigualdades y las discriminaciones que perpetúa el sistema patriarcal y capitalista no se pueden entender por separado. Hay una violencia que, por su magnitud, clama al cielo, y es la violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. Hablo de magnitud en términos cuantitativos: somos la mitad de la población. Pero no podemos obviar que esta relación de poder interacciona muy a menudo con el racismo, la lgtbifobia, el capacitismo, el edadismo y que, a causa de esta interacción, las violencias se encabalgan y se agravan. 

Así, esta pirámide que tiene el Hombre al frente, invertida nos haría dar cuenta que las mujeres trans, lesbianas, negras, en situación irregular y pobres son un colectivo profundamente vulnerable, y que no podemos establecer líneas divisorias entre opresiones: ¿dónde acaba el machismo y empieza el racismo, dónde el clasismo o la transmisoginia? 

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Querría, sin embargo, cambiar y redirigir este concepto de la interseccionalidad para hablar del odio. Las opresiones se encabalgan, pero en el odio también interaccionan el machismo, el racismo, la lgtbifobia, la clase o el capacitismo. El odio es profundamente interseccional. Muy a menudo los machistas son también racistas o lgtbifóbicos. Es en esta interseccionalidad que está instalado el discurso de odio. Por eso es muy difícil separar sus luchas. Si el feminismo no es interseccional, queda cojo.