Triste lección

Un Apocalipsis a medida

Esta pandemia nos ha enseñado lo que no queríamos aprender: que seremos nosotros, armados de egoísmo y estupidez, quienes acabemos con el mundo

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La Rambla durante los primera hora del toque de queda, hora de regreso a casa.

La Rambla durante los primera hora del toque de queda, hora de regreso a casa. / Ferran Nadeu

Cuando pensamos en el fin del mundo, imaginamos cosas terribles, monstruos implacables, circunstancias inauditas e inevitables que arrasan el planeta hasta dejarlo irreconocible, empujándonos a una lucha ingrata por sobrevivir en los márgenes de la existencia. La humanidad cae víctima de un mal inconmensurable que parece salido de la nada, una cruel maldición a mano del universo, consecuencia natural de una inimaginable complejidad que no comprendemos del todo. 

Sería lógico pensar que evitaríamos pensar en ello lo máximo posible. ¿Cómo convencerse a uno mismo de que todo irá bien, de que la vida tiene sentido, si en cualquier momento todo podría desaparecer? ¿Cómo darle sentido a las pequeñas cosas del día a día, si nos sabemos a merced de fuerzas invisibles que esgrimen el final de la humanidad con absoluta indiferencia? Sin embargo, el Apocalipsis ha disfrutado de una increíble popularidad a lo largo de la historia. 

Lo que fuera responsabilidad y jurisdicción de dioses, magos, y sacerdotisas, cayó en manos de los primeros filósofos, que barrían con sus túnicas una realidad que comenzaba a ser un poco menos desconocida. Diferentes versiones de un solo dios y su ejército de hombres y pecados hicieron suya la responsabilidad de proporcionar respuestas sobre la vida y la muerte, sobre el origen y el final de todas las cosas. Las preguntas sobre la realidad de la existencia humana pasaron por todo tipo de templos supersticiones, para más tarde expandirse por las ciencias como un virus incontenible.

Eran preguntas importantes, y hombres con bigotes y camisas bien almidonadas eran las personas indicadas para intentar responderlas sin caer en el delito del sentimiento. Universidades hechas de vanidad y prestigio, bibliotecas embrujadas por el violento privilegio de unos pocos, amordazaron el estudio de la humanidad y su desconocida historia, compuesta por todo lo que pasó antes de que ellos llegaran, y lo que pasará cuando ninguno de nosotros sea parte de ella. Si todo lo que empieza tiene un final, ¿cuál será el fin de la humanidad?

En las ficciones la humanidad no tiene voz ni voto, no tiene opciones ni responsabilidad 

La pregunta nunca cambia, pero los tiempos sí se atreven a hacerlo, y aunque las bibliotecas siguen embrujadas por el privilegio heredado, los muros han caído y el debate está en la calle, en todas partes. El Apocalipsis se ha convertido en un cliché, un 'troupe artístico' por sí mismo. Y, como tal, prolifera en la imaginación popular y colectiva, expresando el terror del fin del mundo en el lenguaje del entretenimiento. De repente, ya no da tanto miedo. De repente, coleccionamos diferentes versiones de la misma historia: el final de la humanidad, la muerte del mundo que nos da cobijo. Y el común denominador de tal horror es el acuerdo, tácito y necesario, de que la humanidad es la víctima inocente de una tragedia de origen natural, cósmica, o sobrenatural.

En algunas ficciones son unas pocas manos humanas las que, egoísta o estúpidamente, dan comienzo al fin del mundo, pero la humanidad en sí, el conjunto de seres que nos paseamos por el planeta, llenos de ilusiones y expectativas, amor y miedos, nunca tiene la culpa. Cae, impoluta, perfecta en su ignorancia. Y se arrastra por los escombros del Apocalipsis, luchando por no desaparecer entre el polvo y el recuerdo de un mundo que nunca fue perfecto pero, alguna vez, por un tiempo, fue nuestro. La humanidad no tiene voz ni voto, no tiene opciones ni responsabilidad. 

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Pero, ¿cómo mantener esta ilusión después de un año como el vivido? ¿Cómo decir, post-2020, que el fin del mundo será una guerra que no buscamos, que seremos los buenos cuando la película acabe? Netflix nos intenta sacar una sonrisa cómplice con 'De amor y Monstruos', una comedia posapocalíptica de insospechado encanto, en la que terminamos causando el fin del mundo al dinamitar un meteorito asesino. Los pedazos de meteorito y bombas caen en la superficie terrestre, provocando mutaciones en animales de sangre fría, creando sanguinarios monstruos gigantes. Esta película, hace unos años, habría sido completamente distinta para mí. Otra yo estaría sentada en el sofá, entretenida por el imposible, soñándose a salvo de la estupidez humana. 

Pero esta última pandemia nos ha enseñado lo que no queríamos aprender. Ahora sabemos que el Apocalipsis será por decisión propia. No será a manos de un mega-villano, un caprichoso ataque de la naturaleza, o un extraterrestre contrariado. Seremos nosotros, armados de egoísmo y estupidez, quienes terminemos con todo. Un Apocalipsis a la medida de la calidad del ser humano. 

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