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Siento especial predilección por dos libros de mi colección: ‘Las más hermosas bibliotecas del mundo’ y un ejemplar facsímil de ‘La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades’

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Una imagen de la biblioteca del palacio de Liria, en Madrid.

Una imagen de la biblioteca del palacio de Liria, en Madrid.

En esta semana en la que el libro es protagonista me animo a hablarles de dos libros por los que siento especial predilección.  Los dos me llegaron de manos de personas muy queridas. Los dos fueron regalos en fechas señaladas. Los dos son ejemplares destacados de mi biblioteca. Uno porque es el más grande. El otro, el más pequeño.

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Al hablar del primero no debería decir libro sino armario, dadas sus dimensiones. Talla XXL. Tamaño desmedido. Como lo es también –tal para cual–, su contenido, expuesto claramente en la portada: ‘Las más hermosas bibliotecas del mundo’ (Taschen). Desde que se hizo un hueco en mi casa –hueco grande, no hay estantería que pueda cobijarlo, necesita de una mesa para él solo–, he empleado muchas horas en su lectura. Con el simple avanzar o retroceder de unas páginas, me ha trasladado del Vaticano y la marmórea majestuosidad de su Biblioteca Apostólica al exuberante (apabullante, mejor) Real Gabinete Portugués de Lectura, en Río de Janeiro, y de allí al Monasterio Benedictino de Admont, en Austria, donde los libros aparecen como subidos en altares ante los que no cabe sino arrodillarse y leer por ciencia infusa. Por cierto que el recinto que ocupa esa biblioteca responde al nombre de Armarium. No andaba yo, pues, desencaminado de metáfora al pensar libro y decir armario. Y tampoco lo hago, creo, si digo armario y almario al tiempo, fundiendo deliberadamente continente y contenido.

Quiero advertir, por si alguien está sintiendo ya la tentación de adentrarse en el interior de ese volumen, que las incursiones deben mesurarse. El esplendor de tanto libro junto (55 bibliotecas fotografiadas por Massimo Listri, 560 páginas, 7 kilos de peso), la sobredosis de belleza, en definitiva –Borges imaginaba el paraíso como una biblioteca; imaginen ustedes 55 paraísos, puerta con puerta–, podría llevarle a ser víctima del síndrome de Stendhal, un aturdimiento de los sentidos rayano en el ataque de angustia que le obligara a tener que abandonar la lectura, lo que vendría a ser algo así como una desgraciada y lamentable expulsión del paraíso. Una pena.

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El segundo libro, el más pequeño –minúsculo– de cuantos ocupan mis estantes, es un ejemplar facsímil de ‘La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades’, cuyo original de 1554 se conserva en la Biblioteca Nacional. Una joya que solo me atrevo a tocar reduciendo a lo mínimo el tamaño de mis dedos. Deslumbrante a los ojos (tipografía de la época sobre papel verjura envejecido) y sublime al tacto (cubierta de cabritilla del mismo grosor y textura a la de la edición príncipe). Abrirlo es emocionarse. Leerlo es abrir la boca y no poder cerrarla, mantenida la admiración hasta aquello de “lo demás con el tiempo lo sabrá vuestra merced, quedando muy a su servicio Lázaro de Tormes. FINIS”.

Dos libros de entre todos los libros. Cada uno su viaje, su lugar, su tamaño y su porqué. Y como esos, miles, millones. Para más de un día. Para todos los días. ¡Feliz Día del Libro!