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Barça-Athletic y un culo en el balcón

Hoy las finales son otra cosa, fines de semana de vacaciones con la excusa de un partido de futbol

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Carrasco protesta al árbitro Michel Vautrot en la final contra el Steaua de 1986, en el Sánchez Pizjuán.

Carrasco protesta al árbitro Michel Vautrot en la final contra el Steaua de 1986, en el Sánchez Pizjuán. / Archivo

Cada lugar acaba siendo lo que uno ha vivido en él. Solo así se explica la atiborrada existencia de sitios objetiva e incuestionablemente horribles a los que mucha gente se empeña en volver o, peor aún, vivir en ellos. No pondremos ningún ejemplo para no herir gratuitamente a ningún paisano. Todos sabemos de qué lugares estamos hablamos. Cierto que, a las malas, siempre cabe mentar el recurrido engaño de que la belleza de un paraje, como el de las personas, está en el interior, oculto a primera vista. De esa ilusión andamos convencidos los feos y no hay por qué sacarnos de la confusión.

Nadie en su sano juicio diría de Sevilla que es un lugar desabrido. La unanimidad dicta que todo lo contrario, que tiene un color especial, que sigue teniendo su duende y oliendo a azahar. Así es. Salvo cuando el Barça juega una final. Ese día la ciudad del Guadalquivir, más que duende, tiene malos demonios que nos revisitan. La capital andaluza es para la historia del barcelonismo el día D del ridículo. Los que estuvimos ahí el 7 de mayo de 1986 lo sabemos. Fuimos a recoger la primera copa de Europa y volvimos con la cicatriz de la vergüenza cruzándonos toda la cara. Era el año II A.J. (antes de Johan). Después el Mesías holandés nos cambió la historia y el pueblo errante que éramos llegó a la tierra prometida.

Sin feligreses

A esta final de copa contra el Athletic le va a faltar lo principal: los feligreses. Uno puede ir como una anchoa en el metro o en el bus pero no puede acudir a un estadio, no fuere el caso que nos divirtiéramos. Pero lo cierto es que el aficionado en el campo no es un ingrediente cualquiera en la receta del fútbol. Es EL ingrediente.

Volvamos a la amarga final sevillana de 1986. Centenares de autobuses con asientos incomodísimos salieron de Catalunya el martes por la noche para llegar a la capital hispalense por la mañana con todas las espaldas y cervicales crujidas. Entonces las peregrinaciones futbolísticas exigían sacrificio. Las finales se jugaban en miércoles. Se pedía fiesta en el trabajo y se cerraban pequeños negocios. Los desplazamientos eran pequeñas odiseas homéricas. La vuelta, caso de perder, era un infierno. Al mismo autobús, a la misma incomodidad, al sueño atrasado de una noche sin dormir se sumaba el dolor de la derrota y la vergüenza de no haber dado la talla. En Valencia, volviendo de Sevilla, un señor nos enseñó el culo desde un balcón porque unas semanas antes el Barça había mandado a su equipo a Segunda División ganándole 3-0 en el Camp Nou. Su venganza fue enseñarnos sus reales cuando cruzábamos Valencia de vuelta de Sevilla. Eran las posaderas del rencor y, a decir verdad, estéticamente dejaban bastante que desear.

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Del bocadillo y la lata de cerveza a la Fan Zone

Hoy las finales son otra cosa. Fines de semana de vacaciones con la excusa de un partido de fútbol. Desaparecieron los buses, los bocadillos y las latas de cerveza en favor de los aviones, hoteles, restaurantes y Fan Zone. Esta vez ni eso. Aun así, vamos a ponernos nerviosos y a cruzar los dedos para ganar otra Copa del Rey. Y por si acaso no alcen la vista a los balcones cuando acabe el partido. Nunca se sabe cuándo puede asomar un culo que no valga la pena ver.