Obituario

Julen Madariaga, el militante de ETA que defendió la paz

El hombre que, en afortunada expresión de Antoni Batista, transita de las armas a la palabra, fue una figura compleja, rica en matices, subyugado por lo que consideraba el ejemplo catalán y por Catalunya

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Julen Madariaga, en su caserío de Ainhoa, en el País Vasco francés, en el 2006.

Julen Madariaga, en su caserío de Ainhoa, en el País Vasco francés, en el 2006. / ALBERT BERTRAN

Julen Madariaga (Bilbao, 11 de octubre de 1932-6 de abril de 2021), hijo de una familia de abogados vinculada al derecho marítimo e internacional (y a la Lloyd’s), una derivada de la relación minera y naviera anglo-vasca que abastece las bases de la industrialización vizcaína. Una familia originaria de un 'baserri' (la tradicional casa vasca) de Larrabetxu, cerca de Bilbao, que mantenía relaciones profesionales y políticas con el lendakari Agirre (el abuelo Ramon de Madariaga fue uno de los redactores del Estatuto de Estella) y que con la ocupación de Bilbao marchó camino del exilio en Chile donde ya vivía una rama de la familia materna. Probablemente todo esto y este exilio precoz tiene mucho que ver con su biografía posterior, desde el doctorado en derecho internacional por la Universidad de Cambridge a la militancia en ETA.

A mediados de la década de los 40 Madariaga regresa al País Vasco para estudiar en los capuchinos de Lekaroz, en el corazón del valle del Baztan, para continuar después los estudios de derecho en Deusto, Oviedo y Salamanca. En el curso académico 1952-53, un grupo jóvenes independentistas inician una serie de reuniones desencantados con «el aburguesamiento» del PNV ante la brutalidad de la dictadura. De estos encuentros surgirá el grupo Ekin (hacer, actuar), que trata de redefinir y de actualizar el nacionalismo vasco a la luz de las nuevas aportaciones teóricas y de liberación nacional de principios de los 50. A pesar de incorporarse a EGI (Euzko Gaztedi), las juventudes del PNV, las relaciones con la dirección nacionalista nunca fueron fáciles y finalmente el abril de 1958 tiene lugar la ruptura definitiva.

Un año después, el grupo Ekin da a conocer Euskadi Ta Askatasuna (ETA, País Vasco y Libertad) y Madariaga participa en las primeras acciones, colocación de ikurriñas, intento de hacer descarrilar un tren de «veteranos franquistas»... Empieza también la represión de la policía (incluidos los brutales interrogatorios de Melitón Manzanas) contra los jóvenes militantes independentistas vascos. Es el momento de la teorización de la lucha armada como respuesta a la «violencia» del Estado español contra el pueblo vasco que Madariaga, en base a las experiencias de Argelia, Cuba y Vietnam, explicita en el folletín 'La insurreción en Euskadi' y que años más tarde lo hará sonreír ante la simplicidad de los argumentos. Y también de las primeras compras de armas en medios libertarios de Tolosa (donde estaba la sede de la CNT en el exilio) y de contactos con el maquis anarquista catalán.

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Es el Madariaga militante de ETA que sufre persecución, prisión (por primera vez en 1961), exilio (Argelia, Bélgica, Chile, País Vasco francés, París donde se queda en casa del anarquista navarro Lucio Urtubia), confinamientos y juicios en Francia, donde se establece en Sanpere (Lapurdi) a tocar de la raya con Navarra. Es el mismo Madariaga que, en afortunada expresión de Antoni Batista, transita de las armas a la palabra, que considera un error el atentado de Hipercor y que en 1995 se da de baja de Herri Batasuna a raíz del asesinato por ETA del diputado del PP Gregorio Ordóñez. Es el activista comprometido que con Patxi Zabaleta funda Aralar en 2001, que es miembro de la organización pacifista Elkarri y que deja una autobiografía crítica que empieza con una confesión contundente «Tenía que escribir este libro. Y tenía que escribirlo antes de morir»,  'Egiari zor', editorial Erein, 2014 ('En honor a la verdad', Pol·len, 2020), porque, al igual que la Fundación del mismo nombre creada en 2012 por familiares de militantes de ETA muertos en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad o en la guerra sucia, cree que hay que reconocer a todas las víctimas, pero también el daño causado («ETA o la izquierda aberzale tienen algo a decir al enemigo español y al francés, pero también a la sociedad vasca»). Una figura compleja, rica en matices, subyugado por lo que consideraba el ejemplo catalán y por Catalunya y que recuerdo con nostalgia ahora que ya no está.