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Si los NFTs son el dedo, ¿dónde está la luna?

La exclusividad ya no es poseer una pieza única, sino tener algo que demuestra que eso que está en las pantallas de medio mundo, es encriptadamente tuyo

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La ’Superchief Gallery’, en Nueva York, acoge la primera exposición física de obras NFT.

La ’Superchief Gallery’, en Nueva York, acoge la primera exposición física de obras NFT. / TIMOTHY A. CLARY (AFP)

Hace un tiempo se puso de moda regalar el bautizo de una estrella y fue justo eso lo que me vino a la cabeza cuando empecé a investigar qué era esto de los NFTs (por sus siglas en inglés). El acrónimo de los 'tokens' no fungibles se ha puesto de moda en 2021 porque los grandes medios van llenos de titulares de subastas millonarias de todo tipo de elementos digitales. Si os interesan los entresijos técnicos de esta tecnología ligada al Blockchain y las criptomonedas, mejor buscad fuentes oficiales y especializadas. Aquí nos vamos a fijar en los NFTs como fenómeno social, más allá de lo específicamente técnico. Solo necesitamos tener en cuenta un par de nociones: la primera es que los NFTs son un certificado único de propiedad sobre cualquier ítem digital. La segunda es que esta credencial se registra en Blockchain, lo que la hace inmutable. A partir de aquí, ¿cómo alteran el imaginario social los NFTS?

A diferencia de lo tangible, lo digital es fácilmente reproducible. No es lo mismo tener "una Gioconda" en el comedor, que tener "la Gioconda". En digital, conceptos como “original” o “auténtico” cobra nuevos sentidos. Pensemos en los memes: nacidos para ser replicados y viralizarse, donde la gracia a menudo está en apropiarte de ellos y hacer tu propia versión.

La promesa de los NFTs es aplicar la lógica de la propiedad a un espacio, el digital, que hasta ahora la había vulnerado. Sin embargo, es un tipo de propiedad que solo permite decidir cuándo compras y cuándo vendes la prueba de tenencia. Que tu poseas un tuit, una imagen o cualquier URL del mundo digital, no te habilita para restringir su circulación. Seguirán existiendo y creándose múltiples copias seguramente, incluso será de acceso y disfrute libre. Lo revolucionario es que cada una de esas transacciones se registra en un libro de cuentas (Blockchain), que al ser distribuido es difícilmente manipulable. Aquí se abren millones de oportunidades para el reconocimiento de las creaciones digitales y abrir nuevos formatos para cobrar derechos, por ejemplo, cada vez que tu creación cambie de manos. La autenticidad deja de ser lo relevante, para dar paso a la idea de trazabilidad. Justamente una de las promesas del Blockchain y un gran anhelo del coleccionismo.

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Hemos pasado mucho tiempo diciendo que “no se pueden poner vallas al campo” en referencia a lo digital, pero resulta que los NFTs desafían, en parte, esta creencia. Es un fenómeno complejo porque utiliza los mecanismos conocidos de la propiedad para alimentar nuevas formas de ostentación. La exclusividad ya no es poseer una pieza única, sino tener algo que demuestra que eso que está en las pantallas de medio mundo, es encriptadamente tuyo. Y voilá, aquí se abren las puertas de la especulación. Voces críticas alertan que puede tratarse de una burbuja. A la luz de algunos datos, las probabilidades son altas y se concentran en pocas manos. En lo que llevamos de año, diversos fondos han invertido más de 90 millones de dólares en empresas de coleccionismo digital, el triple que en todo el 2020.

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¿Quién puede participar y quién queda a los márgenes de esta fiebre? De momento, pocos. El mundo de las criptomonedas no está al alcance de cualquiera. Obviamente la expedición de estos certificados está en manos de unas cuantas 'start-ups', y otras tantas crean los portales de mercadeo. Uno de los más notorios es OpenSea, que casualmente cerraba una ronda de financiación a principios de mes. Según su CEO, ha multiplicado las transacciones por cien en los últimos seis meses. Quizá te cuadren las fechas de inversión con el auge de titulares. El equipo de OpenSea, además, está compuesto mayoritariamente por chicos alrededor de 30 años que se han formado en California, y que tras su paso por Google, Palantir o Facebook, emprenden sus propios proyectos. Aunque al menos en este caso podemos ver quién hay detrás.

En definitiva, que las desorbitadas cifras de las últimas pujas son un anzuelo perfecto para atraer miradas (y sobre todo bolsillos) hacia este nuevo rincón del casino. Un casino basado en criptomonedas, con todo lo que eso implica para el medio ambiente. Mi propuesta es que, en lugar de asombrarnos con los números y dejarnos atrapar por la complejidad técnica, abramos el debate social. Si los NFTs son en esencia transparencia y trazabilidad descentralizadas, pensemos cómo pueden contribuir a crear sociedades más justas y libres. ¿Os imagináis NFTs para reclamar derechos humanos allí donde nadie mira?