Un triste aniversario

Siria, la tragedia interminable

Estos días se han cumplido 10 años de aquel esperanzador movimiento popular que el régimen de Bashar Al Assad convirtió en una desgracia que llevó al país a la miseria y la destrucción

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Hombres sirios llevan bebés a través de los escombros de edificios destruidos tras el ataque aéreo en el barrio de Salihin, controlado por los rebeldes en la ciudad norteña de Alepo, el 11 de septiembre de 2016.

Hombres sirios llevan bebés a través de los escombros de edificios destruidos tras el ataque aéreo en el barrio de Salihin, controlado por los rebeldes en la ciudad norteña de Alepo, el 11 de septiembre de 2016. / AMEER ALHALBI

Cuando el sirio de 15 años, Muaweya Sayasne, pintó en las paredes de su colegio de la ciudad Daraa (en el sur de Siria) a mediados de marzo de 2011 "Pronto te llegará el turno, doctor" en alusión al presidente sirio Bashar Al Assad, nunca imaginó que poco después se desencadenaría la peor tragedia humana de este siglo.

En plena efervescencia de la primavera árabe y a raíz de la cual varios regímenes dictatoriales árabes (entre ellos Ben Ali y Mubarak), fueron derrocados, el joven Sayasne fue detenido y torturado hasta que confesó que había más jóvenes como él sospechosos, delatando así a unos compañeros de clase totalmente ajenos a su osadía, y quienes recibieron también inimaginables malos tratos. 

Los padres y los dignatarios de la ciudad se personaron ante el comisario Atef Najib, hombre fuerte del régimen en Daraa y primo de Al Assad, para pedir clemencia por los niños. Najib, conocido por su chulería y salvajismo, les humilló con estas palabras: “Olvidaos de estos niños, id con vuestras mujeres y dejadlas preñadas para concebir a otros niños que sean devotos a la patria. Y si sois impotentes, traedlas aquí para que nosotros nos encarguemos de la tarea”. Aquellas palabras del oficial norteño perteneciente a la minoría alauita y quien ostenta el poder en Siria desde hace más de 50 años, supusieron el ultraje más grave infligido a la tradicional, tribal y sunita comunidad de Daraa y que, en realidad, sirvió como la chispa que el oprimido pueblo sirio esperaba para rebelarse contra el régimen.

Poco después, protestas populares invadieron las calles de la ciudad y las fuerzas del régimen respondieron con armas de fuego. A medida que se amontonaban las víctimas, protestas masivas y espontáneas se extendieron por todo el país. 

Después de siete largos meses, miles de sirios y sirias (entusiasmados, ilusos y confiados por la solidaridad del mundo libre y democrático) se manifestaron pacíficamente reclamando libertad y democracia a pesar de los miles de muertos, heridos, detenidos y desaparecidos. Cuando se percataron de que el mundo les había dada la espalda, no tuvieron más remedio que defenderse con las pocas armas caseras que poseían. Se extendió la lucha y, finalmente, el Ejército se dividió. En cuestión de semanas el régimen se tambaleó. 

Pero Siria no es Túnez. Es un país rico y es clave en la región. Los buitres regionales e internacionales no permitirían un régimen democrático allí. Al principio de la contienda, las monarquías árabes déspotas anhelaron la caída del régimen sirio, imprevisible y aliado de Irán y Rusia, pero se asustaron ante un posible régimen democrático vecino y contagioso. Arabia Saudí, ante la inminente caída de Al-Assad, quiso asegurar un nuevo régimen afín. Inmediatamente financió y armó a milicias de ideología religiosa y reaccionaria que desfiguró la desideologizada revolución siria. 

Qatar y Emiratos Árabes apoyaron la revolución porque quería la caída del régimen sirio, que había rechazado a petición de Rusia la instalación de un oleoducto qatarí para exportar su gas a los países europeos, lo que hubiera supuesto un duro golpe para Rusia, principal exportador de gas en Europa. Por lo tanto, Rusia con su gigantesca base militar en el norte de Siria, interviene militar y decisivamente a favor del régimen alauita

Las milicias libanesas de Hizbulah apoyaron con tropas y efectivos militares al régimen de Al Assad, pues su derrocamiento hubiera sido mortal para dichas milicias, las cuales reciben a través del territorio sirio armamento enviado por su tutor confesional, Irán. Este último país, aparte de intervenir militarmente en el conflicto, está concentrando tropas y armamento cerca de Israel para disuadirlos de su intención de atacar las centrales nucleares iranís. 

 Cuando hay petróleo, el gran buitre americano acude seguro, así que Estados Unidos ocupó la zona

Israel bombardea a su antojo las tropas que toman ventaja en la guerra. No le interesa el fin del conflicto ni la caída del régimen, sino la división y destrucción de Siria. En medio de la anarquía generalizada, los kurdos ubicados en el noreste de Siria (rico en petróleo), se rebelaron con las armas, exigiendo un autogobierno. El levantamiento de los kurdos inquietó a Turquía, la cual invadió el norte de Siria con la excusa de aplastarla franquicia del PKK kurdo que opera en Turquía. 

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Y como se sabe, cuando hay petróleo, el gran buitre americano acude seguro, así que Estados Unidos ocupó la zona con la excusa de proteger a los kurdos y combatir el terrorismo del fantasmagórico Estado Islámico (Daesh), del cual nadie, excepto EEUU, Israel y Arabia Saudí tienen idea de cómo nació y creció de la noche a la mañana. 

Estos días se cumplen 10 años de aquel esperanzador movimiento popular que el régimen de Bashar Al Assad convirtió en tragedia interminable y que ha causado, hasta hoy, medio millón de muertos en su mayoría civiles, centenares de miles de lisiados, 15 millones de desplazados y refugiados, miseria y la destrucción del país.

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