Feminismo

No estamos embarazados

Querido aliado, lo que yo espero de ti es que te hagas cargo de que este hijo es de los dos y a la vez entiendas que mi cuerpo es mío

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Una mujer embarazada.

Una mujer embarazada.

"Mi marido me ayuda en casa", oía decir a algunas señoras, pocas, cuando era pequeña. Lo hacían sacando pecho, no sé si defendiéndolos a ellos o excusándose a sí mismas. Sin embargo, ese orgullo que a veces intuía no siempre lo entendían así otras mujeres. "A esa se lo hace todo el marido", comentaba mi abuela de una vecina cuyo esposo compraba el pan y recogía a sus hijos del colegio cada día. Eso era "todo".

"Tu tío estuvo en el parto", contó mi tía al nacer mi primo y un tercio de la familia actuó fingiendo no sorprenderse, como si fuera una moda, no un camino hacia algún sitio. Otro tercio disimuló la arcada y solo mi bisabuela evitó la pantomima: "¿Y qué coño pinta un macho en un paritorio?". El otro 33% guardó silencio. Ninguno era hombre.

"Mi chico cambia pañales". Frase muy de los años 80, momento en el que se normalizaba lo de no casarse y sentir que éramos más libres por librarnos de la burocracia y tomar píldoras a espuertas. Pero seguía habiendo un silencio alrededor de la mujer que lo decía porque, en realidad, ni era habitual ni todo el mundo veía bien que los papeles estuvieran quedando cada vez más repartidos.

Poco a poco, esas percepciones fueron cambiando, y las primeras amigas que tuvieron hijos ya eran capaces de levantar la ceja si oían decir a su pareja "yo también cambio pañales", como si fuera un mérito que hubiera que pagarle aparte. Una elevación de ceja: esa es la distancia, por desgracia, que recorre la igualdad cada año. Esa es su velocidad. Y aún hay quien se empeña en mantenerla a raya empujándola hacia atrás.

Pero entre todas esas frases que indicaban que algo, aunque lentamente, iba cambiando hay una que aún no comprendo: "Estamos embarazados". Y menos ahora, que mirando hacia atrás la veo como un preámbulo a la invasión de los aliados, figura en el feminismo que ni me creo ni quiero. No, porque una alianza es entre dos personas, dos grupos o dos países, pero lo que la igualdad requiere para que funcione es que lo creas tú solo, sin pacto, y que lo practiques.

No creo en los aliados porque una alianza se rompe, es temporal y se anuncia, pero no implica que, de puertas para adentro, las cosas se estén haciendo como reza el comunicado colgado en la galería. No me gustan esos pactos porque son oportunistas y lo que requiere acabar con el machismo es constancia a perpetuidad pues lograr la igualdad en la práctica, siento decirlo, va para largo.

Querido aliado, lo que yo espero de ti, es que te hagas cargo de que este hijo es de los dos y a la vez entiendas que mi cuerpo es mío y eso implica que parir (o no) solo puedo hacerlo yo. Por tanto, no estás embarazado. Ni en sentido figurado, no.

Y sí, claro que puedes equivocarte. Soy partidaria de los reinicios, las segundas oportunidades, detesto los linchamientos y, aunque a veces me cuesta, creo en la justicia. Hasta puedo creer que te arrepientas de veras de haberte pasado de la raya con tus becarias. O que no seas capaz de hacerte cargo de tu madre enferma porque a ti los cuidados no te los enseñaron como un camino de ida y vuelta. Claro que te entiendo, ¿recuerdas a la bisabuela del segundo párrafo? De ahí vengo. Pero no persigas premio ni absolución que en esta lucha lo que se te pide es que mires por nosotras, no por ti.

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Debes saber, aliado, que te hablo porque te escucho. Porque a quienes ante estas cuestiones colocan siempre un "pero" en la parte equivocada de la frase decidí no hacerles caso hace ya años. No quiero hacerles callar ni que se les prohíba hablar: nunca le haría a nadie lo que nos han hecho a nosotras durante milenios. Pero si mi bisabuela me enseñó algo valioso es que una coz no merece réplica. Por eso hay opiniones a las que no contesto, porque sería darle tiempo y sitio a gente que se niega a reconocer mis derechos en espacios que con tantos sacrificios conquistaron para mí otras mujeres. Tengo la voz, esta tribuna, y he aprendido a manejar las palabras. Y no gasto ni una en responderle a un asno.

Sí a ti, aliado. Aunque sepa que a veces te pones esa etiqueta para tapar tu pasado, o para ganar amigos, seguidores o una novia. Pero tengo la impresión de que algo has entendido aunque me enfade que esta semana hayas puesto tanto empeño en parecer más ‘ochomarcista’ que el propio 8 de marzo. Por eso, usa tu nombre de pila, no el de aliado; no me des más apoyo ni más eslóganes. Si tu pacto es cierto, habla por derecho y calla por decencia. Sabrás cuándo hacerlo. Y mientras camina, que el movimiento, aliado, se demuestra andando.