Protestas, violencia, policía...

Las palabras no se las lleva el viento

Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para resolver los problemas, y tener el coraje para hacerlo es lo menos que se les puede exigir a quienes nos representan

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Protesta por Pablo Hasél.

Protesta por Pablo Hasél. / Ferran Nadeu

Creo que estamos a punto de cambiar nuestras rutinas de saludo. El tradicional y protocolario: “Hola, ¿cómo estás?”, va camino de ser sustituido por un inquisitivo: “Hola, ¿qué opinas?”. Prohibido salir de casa sin tener claro con qué equipo jugamos. Y los matices, como la tierra, para quien los trabaje. Lo que pasa es que la realidad suele ser bastante más compleja que un tuit, y además las palabras nunca son inocentes. Se parecen a los cuchillos, que sirven para pelar una manzana, pero también para pinchar a alguien.

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Me parece que el maremágnum que se ha montado a partir del encarcelamiento de un rapero al que apenas conocían cuatro gatos lo confirma; y obliga a preguntarse si todos quienes ostentan cargos públicos –no solo políticos– son conscientes de esa ambivalencia. La de los cuchillos, digo. Y también la de las palabras. Porque algún día deberá estudiarse cómo una historia que arrancó con la exigencia de que nadie vaya a la cárcel por ejercer su libertad de expresión –aunque sea ramplón y execrable lo que dice, como es el caso–, mutó en un debate sobre si legitimar o no el vandalismo como forma de protesta y acabó con un cuestionamiento general del modelo de seguridad y orden público en las calles. ¡A la policía, ni agua!

Ese triple salto se explica en gran parte por el mal uso de las palabras de quienes más cuidadosos deberían mostrarse. Y por el afán de mezclarlo todo: verborrea, demagogia, eslóganes, confusión interesada… Suspenso en comunicación. Quizá por eso una chica salía el otro día en la tele justificando los asaltos a tiendas de grandes marcas “porque hay que proteger al pequeño comercio”. Es no entender nada. ¡Claro que las denuncias por la falta de perspectivas que ofrece una sociedad desigual y precarizada son más oportunas que nunca! Pero no a lomos de la bronca callejera disfrazada de épica revolucionaria. Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para resolver los problemas. Y tener coraje para hacerlo es lo menos que se les puede exigir a quienes nos representan. ¿O no nos representan?