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Bolero real

Esta es la gran paradoja. A quien aparentemente no le falta de nada, se le priva de todo. Puestos a no tener, el Rey no tiene ni padre, porque aquel que encumbró su gloria en el épico 23-F, la dilapidó en instantes frívolos. Y ni la distancia es el olvido ni Felipe VI concibe esa razón.

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El rey Juan Carlos, durante su alocución la madrugada del 23-F

El rey Juan Carlos, durante su alocución la madrugada del 23-F / EFE

El 23-F es el mito fundacional de la democracia española. Conclusión de Javier Cercas de aquel pormenorizado análisis de escrutadora mirada del golpe fallido descrito en 'Anatomía de un instante'. Una ficción sobre una neurosis, sobre una paranoia, sobre una novela colectiva, sintetizó. Y de aquello se han cumplido 40 años

El Congreso quiso rememorarlo e invitó al Jefe el Estado. Y fue así como el Rey lo presidió a mediodía en el mismo recinto que por la tarde debatía la inviolabilidad de la monarquía. En el ínterin, cuatro décadas de cambios profundos aunque insuficientes. Dos generaciones de ciudadanos que han pasado del convencimiento a la insatisfacción, del empuje a la preocupación y de la complacencia a la indignación. Lo dice el Eurobarómetro: el 53% de los españoles cree insuficiente la evolución de la democracia. Doce puntos porcentuales más que la media europea. Y a falta de encuestas oficiales sobre el papel de la Corona, el resultado de dos privadas del mayo de la pandemia: suspenso con un cuatro y escasas décimas. Así se tomaba el pulso ciudadano sobre el papel del hijo tres meses antes de producirse la marcha del padre. 

El martes, reivindicó el papel de su progenitor y predecesor en la aciaga noche de los tricornios

El martes, Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos Borbón y Grecia (Madrid 30/1/1968) reivindicó el papel de su progenitor y predecesor en la aciaga noche de los tricornios, los tiros en el hemiciclo, “quieto todo el mundo”, zarandeo al vicepresidente uniformado, “todos al suelo” menos tres: Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Larga incertidumbre, inquietud en los cuarteles, tanques en las calles de Valencia, capitanes generales expectantes, dudas existenciales y disciplinarias, elefante blanco como seudónimo de la esperada autoridad militar - por supuesto -, llamadas telefónicas. Alfonso Armada no está ni se le espera, líderes de partidos aislados en sala adyacente y "tranquilo, Jordi" (a Pujol). Periodismo resistente, filtraciones desde el interior, diputada desalojada por embarazo, Fraga quejoso y vociferante, bar del Congreso asolado, cigarrillos enlazando fuego y cenizas, paciencia, resistencia y, al final. el mensaje. Las dudas creadas por los rumores interesados disipadas por la constitucionalidad de las palabras de Juan Carlos I que, comandante en jefe, mandó callar.  

Felipe VI, preadolescente, lo siguió como espectador preferente, observaba con cara de curiosidad, escuchaba y no siempre comprendía y dormitaba de cansancio a ratos. Estaba aprendiendo cómo se gana el cargo, el sueldo y la vida un rey. Eso le dijeron. Y él añade que aquel día descubrió el inmenso, el incalculable valor de la libertad. Así lo remarcó desde su soledad. Porque hoy, el Rey está a la intemperie y vive frente a la adversidad constante, sin protección intelectual, ante un tsunami permanente político y familiar como compendia José Antonio Zarzalejos en su libro los seis años largos de mandato de quien tuvo que coger las riendas de un pesado legado desconociendo su dimensión total.

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Y esta es la gran paradoja. A quien aparentemente no le falta de nada, se le priva de todo. Puestos a no tener, no tiene ni padre, porque aquel que encumbró su gloria en el momento épico de actual referencia, la dilapidó en instantes frívolos de constante presencia. Y ni la distancia es el olvido ni Felipe VI concibe esa razón.