NO SOLO FÚTBOL

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Kylian Mbappé, en el Camp Nou.

Kylian Mbappé, en el Camp Nou. / EUROPA PRESS

Siempre llegaba el día en el que un chaval del cole con más años que tú se te acercaba apresuradamente a la hora del patio y te invitaba a jugar el partido de los mayores. Se acabó patear con los críos. Estás listo. Y aún no habías tocado la bola y ya habías entendido que eso era otra cosa. Los nuevos compañeros tenían pelos en las piernas, chutaban 'cacaos', insultaban con otro timbre y otras palabras y te pegaban con otros pies y otros puños. Aun así, uno sentía el orgullo de codearse con los 'seniors' del cole y que los músculos y la técnica, por precaria que fuese, contasen ya de verdad.

A ese Maracaná escolar no llegaba todo el mundo. Por el camino se quedaban los críos que tenían las piernas de madera o el carácter acobardado para ir al choque y plantar cara. A esos no se les cursaba nunca la invitación. Pasaba lo mismo con los que no disfrutaban del fútbol y lo soportaban como una condena. A estos últimos normalmente les gustaba más leer.

El espacio era para ellos

Aquellos eran patios patriarcales 'avant-la-lettre'. Los niños con los niños y las niñas con las niñas. El espacio era para ellos. A ellas las obligábamos a conformarse con una baldosa. Nosotros atacando y defendiendo con el balón por todo el recinto y ellas agrupadas por las esquinas con sus cosas y juegos, obligatoriamente más pausados, y haciéndonos incómodos los lanzamientos de córner con su presencia.

Saltar del partido de los benjamines al de los machotes era como fichar por la Juventus, el Liverpool o cualquiera de los grandes. Llegabas a casa envalentonado y ese día medías un palmo más. En la cena ya no aceptabas que mamá te limpiase las espinas del pescado. Hasta creías que las niñas te miraban ya de otro modo, aunque aún faltaba tiempo para sumar la lascivia al coro. Pensabas por primera vez en ir al estanco a comprar cigarrillos mentolados para fumarlos en corrillo en cualquier escondite. Definitivamente eras ya casi un hombre y, sobre todo, un futbolista.

Lo malo, porque todo tiene una cruz, es que el salto te situaba de nuevo a la cola. Venías de ser la cabeza de un ratón con los parvularios y ahora te tocaba ser la cola del león. Y la cola, cosa sabida, siempre está demasiado cerca del culo. Durante un tiempo la condena implícita del ascenso era pasar a ser la pieza menos valiosa del tablero. Aun así valía la pena.

El Barça es ahora ese niño al que de vez en cuando rescatan para jugar con los mayores. Mientras se mide con los de su tamaño anda sobrado, muestra maneras y enseña potencial. Pero cuando el gigantón le dice "ahora conmigo", no alcanza a ser más que un relleno voluntarioso.

El PSG

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 Como el niño-Barça es de familia numerosa siempre hay quien le ánima y ríe todas las gracias. Incluso le regalan portadas de periódicos convirtiéndolo en lo que no es y asegurándole que, niño o no, está en condiciones de ganarlo todo a poco que suene la flauta.

 Son zalamerías que no engañan al niño-Barça. Él sabe perfectamente quien es y como está. Por eso salta al campo como lo que es, un mocoso al que se le entiesa la musculatura y lo atenaza el miedo al ridículo que anticipa. Y pasa lo que tiene que pasar, que llegan hombres hechos y derechos como los del París Saint Germain y se lo comen crudo y con patatas, que es lo que han hecho siempre los mayores con los peques, antes de que a eso se le llamara 'bullyng'.

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