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Carlos va a votar a Vox

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Un votante deposita la papeleta en la urna.

Un votante deposita la papeleta en la urna. / ELISENDA PONS

Al abuelo de Alicia lo fusilaron contra el muro de la iglesia. Sus padres se fueron a vivir a Mataró, en el 66, y el padre, al poco, ya era uno de los líderes de la Cooperativa Obrera Mataronense. Se instalaron en Cerdanyola porque no podían permitirse vivir en otro sitio.

De la lucha sindical, el padre aprendió que estudiar era importante, por eso inculcó a sus hijos la disciplina en el estudio sobre todas las cosas. Alicia estudió Derecho con beca, y con una media de sobresaliente.

Cuando presentó en casa a Carlos, hijo de policía y votante del Partido Popular, compañero de clase, a su padre casi le da un infarto. Pero el novio anterior, un chico del pueblo, había maltratado a Alicia de palabra y obra, y le había puesto los cuernos con media Cerdanyola, así que, en contraste, Carlitos, ese chico tan apocado, tan formalito, tan atento, era una bendición pese a todo.

No hablar de política

Se acordó que en casa –y sobre todo en casa de los padres de ella– nunca hablarían de política. Y nunca lo hicieron. A lo largo de su matrimonio, Carlos y Alicia discutieron por muchas cosas: las intromisiones de las suegras, el cuidado de los niños, la decoración de la casa. Pero nunca de política. Él votó al PP desde que tuvo 18 años, y ella repartió su confianza entre diferentes partidos de izquierda. Sus amigos, los excompañeros de universidad, también tenían ideas políticas muy diferentes. En los años 80 y 90 eso no suponía problema alguno.

Este año, Carlos ha anunciado que va a votar a Vox. Se le encendió la bombillita cuando vio imágenes de dirigentes de Vox a los que insultaban, escupían y tiraban piedras. Carlos recordó la casa de su padre, en cuya pared habían escrito «ñordo» y «porc», y en cuya puerta dejaban bolsas de basura día sí y día también. No se sabía bien por qué, quizá porque había sido policía, quizá era un vecino o un excompañero que hervía un resentimiento antiguo a fuego lento.

Alicia no dijo nada, no se lo contó a nadie. Pero, no se sabe cómo, una compañera de trabajo encontró el perfil de Facebook de su marido. Y descubrió que 'reposteaba' discursos de Ignacio Garriga.

¿Divorciarse, ella? ¡Si él era el mejor amigo, el mejor amante y el padre de sus hijos! 

La noticia corrió como la pólvora por toda Cerdanyola, por el bufete en el que Alicia trabajaba y por las redes de sus amigos. De pronto, les dejaron de invitar a cenas y reuniones, incluso encontraron anónimos en el buzón. Una compañera le preguntó a Alicia si no había pensado en divorciarse. ¿Divorciarse, ella? ¡Si él era el mejor amigo, el mejor amante y el padre de sus hijos! Alicia recordaba vivamente cómo, en una fiesta de cumpleaños en el jardín, esa misma mujer, borracha perdida, se había insinuado descaradamente a Carlos.

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De noche, Alicia recuerda las historias que le contaba su abuela. A su marido lo fusilaron contra la pared de la iglesia, porque se había corrido la voz en el pueblo de que tenía el carnet del Frente Popular. Nunca quedó claro quién le había delatado, pero decían que sus primos habían instigado el asesinato en el que, además de motivos políticos, influyeron viejas rencillas y desalianzas familiares por las lindes de unas tierras. Decían que uno de los que lo fusilaron era el marido de una prima, miembro de las escuadras negras que había organizado el gobernador. De noche, Alicia abraza a su marido muy fuerte. Tiene miedo.

P.S.: Como siempre, historia real. Nombres y lugares cambiados.