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Lávense la boca para hablar de Messi

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Leo Messi, en el partido de Copa frente al Granada.

Leo Messi, en el partido de Copa frente al Granada. / EFE / MIGUEL ÁNGEL MOLINA

La oportunidad de hacer el ridículo siempre llama a tu puerta. Es igual cuánto te esfuerces en evitarlo y las arrugas que acumules. Siempre llega el día en el que de un modo inesperado uno embarranca con la vergüenza de saber que está haciendo aquello que no debe y se le enrojecen las mejillas hasta decir basta. El mío arribó hace tres primaveras en el restaurante Nuba. En mi propio descargo debo anotar que en perspectiva me parece un ridículo light y perdonable. 

Verán, cenaba tranquilamente con un amigo. Fue él quien me advirtió que Messi había tomado acomodo acompañado de su hermano a unas mesas de distancia. Sabía que no debía hacerlo, que no era apropiado. Pero aún así, lo hice. Ni corto ni perezoso me levanté para acercarme al jugador e interrumpir la conversación entre hermanos con estas 15 palabras: "Perdón. Quería decirte que me has hecho muy feliz. Y darte las gracias por ello". Un hombre hecho y derecho postrado a los pies de un futbolista. Tan ridículo como suena. Pero así fue como sucedió.

Hubiese aceptado que me mandase a la mierda, al carajo o al infierno convencido de ser merecedor del mayor improperio por andar atropellando a la gente en sus momentos de reposo y familiar privacidad. Messi se limitó a darme las gracias amable y rutinariamente. De vuelta a mi sitio comprobé que mi camarada censuraba mi comportamiento por infantiloide. Me defendí: "No digas idioteces. La idolatría es pecado solo cuando se practica ante falsos ídolos, pero él es el dios verdadero".

Pienso en esta escena, que probablemente resulte un calco de la que hayan protagonizado miles de aficionados al fútbol, ahora que el final de Messi en el Barça está a la vuelta de la esquina mientras mezquinos donnadies se dedican a filtrar su contrato con la intención de mancillarlo y hacer recaer en su espalda la aluminosis económica del club.

No nos toquen lo sagrado

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En las guerras de religión no se hacen prisioneros y es mejor dejarlo claro para evitar malentendidos. No nos toquen lo sagrado y váyanse un poquito mucho a la mierda. Porque somos capaces de llegar a las manos si se empeñan en robarnos la memoria del pasado y lo poco que nos queda del presente del jugador. Nos importa un carajo si Messi cobra mucho, poco o nada. Nos la trae al pairo que mande más o mande menos en el vestuario y que por retenerlo en la plantilla en los últimos años se haya tenido que aflojar la mosca sin reparar en gastos. A ver si lo entienden, él nos ha hecho felices y le debemos tantos instantes de plenitud que estamos dispuestos a pagarlos llevándonos por delante a quien pretenda hacerle daño. Si lo prefieren más macarra: si le tocan a él, nos tocan a nosotros. Y si nos tocan, uy si nos tocan.

Lávense la boca con gel hidroalcohólico para tan siquiera mentar su nombre. Y vayan con sumo cuidado, porque estaremos siempre enfrente para escupirles a la cara si se mantienen en el empeño de emborronar su nombre. Si piensan que esto es una amenaza han acertado. Somos el peor de los primates cuando las cosas se ponen feas. Avisados quedan. 

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