Mascarillas

La vida antes del covid

La pandemia ha cambiado nuestra perspectiva y hasta la forma en que contemplamos la historia

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Escena de ’Los diez mandamientos’

Escena de ’Los diez mandamientos’

Me reconozco un admirador incondicional de la inquebrantable disciplina de la infancia. Qué poco conocemos a nuestros niños y niñas. Nos temíamos un inevitable intercambio de mascarillas en horas de recreo y ya imaginábamos las aulas del parvulario convertidas en un inmenso desgobierno del caos, la anarquía y la entrada en pánico de madres y padres al descubrir que Laurita regresaba del cole con el cubrebocas de Manolito. Pero no. Menuda lección están dando los niños. Con la apertura de los colegios en septiembre sacamos la errónea conclusión de que arderían los grupos de WhatsApp de papás y mamás e imaginábamos ya una insufrible avalancha de clinc clinc clinc en el móvil con el inevitable mensaje de Fulanito ha dado positivo, que se mejore, que se mejore, que se mejore.

Y resulta que las guarderías y las aulas de infantil han dado una lección de obediencia, respeto y solidaridad por parte de la chiquillería, y que muchos de los positivos por covid detectados en colegios proceden de la actividad extraescolar de los profesores. Algunos hasta celebran cumpleaños en la sala donde se reúnen entre clase y clase y soplan las velas de la tarta de nata y crema de arándanos con una pizca de aerosoles; o del exterior de los colegios, donde madres y padres aguardan apelotonados la salida de sus hijos, que al otro lado de la valla respetan solemnemente la distancia, prietas las filas como un regimiento de infantería, mascarilla bien ajustada y un buen chorro de gel hidroalcohólico en las manos. Lo pienso y me reconforta saber que, al menos, en este caso, puede que la pandemia haya servido para educar a los niños en valores que ya hemos olvidado los padres.

Fabulo entonces con la especie de qué habría sido de la humanidad si hubiéramos llevado la mascarilla desde que el Hombre descubrió el fuego girando un trozo de madera o chiscando dos piedras de pedernal sobre unas hojas secas. Imaginen la de pandemias que nos hubiéramos evitado, la peste, la gripe, la malaria, el cólera. Imaginen que la raza humana hubiera sido precavida desde el origen de la vida al igual que esos niños y niñas que asumen con naturalidad que durante mucho tiempo deberán llevar la boca y la nariz tapadas sin reconocer el rostro del compañero de la bata manchada de rotulador. Imaginen.

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No sé si les pasa, pero el atracón de series y televisión producto del confinamiento está cambiando hasta nuestro modo de ver la televisión y de contemplar con perspectiva la historia. Pongo un documental y me veo a Adolf Hitler arengando a las tropas en Nuremberg y a todos esos miles de soldados formados en filas perfectas, todos sin mascarilla, y se me hace raro y me digo: "Van sin mascarilla"; a Ragnar Lodbrok reunido en asamblea con sus vikingos de Kattegat y gritando "¡skol!" mientras levantan sus cuernos llenos de hidromiel y se lanzan a bramar, y pienso: "Madre mía los virus"; o ese partido de la Selección de hace 30 años en un país de lo que llamábamos el Telón de Acero, con esos palcos poblados de militares vestidos de gala y gorra de plato, todos a cara descubierta, comentando el gol de Oleg Blokhin con la misma alegría con que, deduzco, intervendrían en una reunión del Comité Central, a un palmo las bocas, tocándose para reafirmar la jugada, repartiendo virus por todo el estadio, y me oigo decir: "La cepa ucraniana".

Parece como si el mundo, el nuestro, el de cada cual, no hubiera existido antes de esta pandemia. Pero yo quiero volver a disfrutar del cine y la televisión como lo hacía antes, sin preguntarme por qué la muchedumbre que sigue a Charlton Heston en Los diez mandamientos no estaba confinada perimetralmente ni guardaba la distancia de seguridad, o qué rayos hace sin mascarilla toda esa muchedumbre de las producciones de Cecil B. DeMille cruzando el desierto intercambiando a troche y moche gotículas de Sars-Cov-2. Llego a la conclusión de que lucir el tapabocas desde el origen del fuego habría sido un monumental disparate, aunque quizá viviríamos en un mundo más sano y amable si aprendiéramos de esos niños de la guardería. Lo tienen tan claro que a veces da un poco de vergüenza hacerse mayor.

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