CAMBIOS EN LA POLÍTICA EXTERIOR

Biden y América Latina, ¿qué se puede esperar?

Todo indica que la administración Biden volverá a algún tipo de multilateralismo liberal

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Biden, en el Despacho Oval, firma sus primeras órdenes.

Biden, en el Despacho Oval, firma sus primeras órdenes. / REUTERS / TOM BRENNER

La llegada de Biden a la Casa Blanca va a suponer notables cambios respecto de la política norteamericana de Trump hacia América Latina. Algunos serán de estilo, otros de procedimiento y algunos sustantivos. Respecto al estilo se espera una rápida mutación: se acabarán las amenazas, los comentarios peyorativos y las salidas de tono que caracterizaron la etapa de Trump. En ese sentido se abre un periodo de mayor cordialidad y diplomacia a la hora de tratar las diferencias.

En cuanto al procedimiento, todo indica que la administración Biden volverá a algún tipo de multilateralismo liberal. Una vía puede ser dar una nueva vida a la OEA, aunque también puede que prefiera impulsar alguna iniciativa hemisférica nueva donde la mayoría de países latinoamericanos puedan sentirse incluidos. El objetivo de esta estrategia -además de dar voz a los gobiernos- será contener el avance de China y Rusia en la región, que se percibe desde Washington como una amenaza.

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La nueva administración también destacará por bajar la tensión en el tema de los inmigrantes. Obviamente, ni se destruirá el “muro” ya construido en la frontera sur de los Estados Unidos ni se van a abrir las fronteras, pero es posible que se acelere el proceso de asilo, se humanice el trato hacia las personas que cruzan la frontera de forma irregular y se incremente el respaldo financiero a Centroamérica para contener la pobreza, la violencia y la salida permanente de sus gentes. Los latinos-americanos son un electorado importante para los demócratas, y estos gestos serán bienvenidos.

Si nos enfocamos a la relación entre países, en la agenda volverán a aparecer los temas clásicos: Venezuela y Cuba, además de la relación con México y, con el coloso continental, Brasil. Sobre Venezuela parece que Biden va a cambiar su posición hacia una estrategia más razonable, basada en abrir negociaciones con Caracas y en la modulación de sanciones. En este sentido parece que se va a revitalizar el «Grupo de Boston» para tal objetivo. En cuanto a Cuba, lo primero será sacar al país de la lista de estados que patrocinan el terrorismo, y posteriormente retomar (sin tanta propaganda) algunas medidas de Obama, aunque es difícil pensar que se derogue la ley Helms-Burton.

Respecto a México es posible que Washington trate de volver a las relaciones anteriores a Trump. Las preocupaciones serán las de las últimas décadas -el combate coordinado contra el crimen ilegal y el narcotráfico-, a las que se añadirán las del cambio climático y la economía verde, que deberán coordinarse entre los dos países. En esta relación hay quien señala que el nacionalismo de López Obrador y su (relativa) buena sintonía con Trump pueden ser un problema para Biden. No creo que sea así, pues es posible que López Obrador delegue la relación con Washington a su secretario de exteriores, Marcelo Ebrard, quien tiene contactos fluidos con el Partido Demócrata, mientras él se centra en la política nacional.

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Respecto del coloso latinoamericano, todo indica que las relaciones entre Biden y Bolsonaro serán tensas. Por un lado, porque el gobierno de Brasilia va a perder un “amigo” que valide su estrategia de (no) lucha contra la pandemia del covid-19 y su política “ecocida” en la selva amazónica; y también porque las posibles presiones de Washington para que Brasil deje de esquilmar sus recursos naturales y para que apueste por una “economía verde” pueden parecer injerencias contra su soberanía nacional. Si Estados Unidos aprieta a Bolsonaro éste puede utilizar la pulsión nacionalista y anti-imperialista para su reelección en 2022.

De lo expuesto, ya fin de cuentas, la llegada de Biden significa que habrá una política exterior para la región, y no como en los últimos cuatro años, en los que Trump solo impulsó un abanico de iniciativas pocos coordinadas, muchas amenazas y demasiadas declaraciones cuyo motivo era, sobre todo, ganar puntos en la política doméstica. Pero que haya política exterior de Washington hacia América Latina no significa que la región vaya a mejorar, sino que supone que la Casa Blanca va a confeccionar una agenda más consistente y previsible para defender sus intereses hemisféricos a medio y largo plazo.