Nuevo inquilino en la Casa Blanca

Toma de posesión ‘ma non troppo’

Biden quizá pueda atemperar la polarización, pero desde luego no terminar con ella

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Joe Biden, durante la presentación de su plan económico.

Joe Biden, durante la presentación de su plan económico. / JIM WATSON (AFP)

La toma de posesión de Joe Biden va a quedar para la historia como aquella precedida por el mandato de un caprichoso multimillonario, por una pandemia mundial y por un intento de toma del Capitolio que ni los mejores guionistas de series se hubieran atrevido a rodar. La realidad ha superado a la ficción.

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Y el espectáculo continuará. Los procedimientos institucionales de la democracia estadounidense son de largo los que mejor simbolizan los elementos esenciales de los poderes del Estado. Democracia, Libertad, Nación y Religión son los cuatro ejes sobre los que gira la ceremonia. El presidente de la Corte Suprema tomará juramento a Biden en las escalinatas del ala oeste del Capitolio sobre una Biblia perteneciente a su familia desde 1893. El ritual se consumará una vez más, pero la tensión se palpará en el ambiente. Sin público y en ‘streaming’, rodeado de decenas de miles de soldados de la Guardia Nacional y sin la presencia, por cuarta vez en la historia, de su antecesor.

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Después, vendrán los discursos y los decretos-ley anunciados por la oficina de Biden para revertir algunos de los desmanes y desatinos de Trump. Una vez establecido el equilibrio institucional, vendrá lo más complicado, reducir los niveles de tensión y polarización existentes en la sociedad estadounidense. Es importante no perder el foco. Trump y el ‘trumpismo’ son los síntomas de procesos de descomposición social que vienen de lejos. Reagan y el neoliberalismo pusieron la semilla y el resto han dejado hacer. Luego llegó Trump quien, en su locura megalómana, aprovechó las grietas existentes para tensar la cuerda de la polarización en su propio beneficio.

Biden quizá pueda atemperar la polarización, pero desde luego no terminar con ella. El miedo a Trump es lo que le ha permitido ser presidente y no su liderazgo y arrojo. Merece la pena no dejarse llevar por espejismos, como el de Obama, que ni tan siquiera cambió algo para que todo siguiera igual.