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El Papa Francisco en la plegaria del Ángelus, el 10 de enero.

El Papa Francisco en la plegaria del Ángelus, el 10 de enero. / EFE / VATICAN MEDIA

La Iglesia católica tiene dos características innegociables a lo largo de los siglos. La paciencia y la capacidad de avanzar a paso de tortuga y simular que quien corre es una gacela. Hubo un tiempo en que la FIFA también era impasible a las novedades, pero los del fútbol han avanzado con más cintura. Hay determinadas instituciones que basan su fortaleza en la refracción al cambio y, si hay alguno, es tan minúsculo como la gota de agua bíblica en un océano de estipulaciones, ritos y costumbres. Por eso, cuando leí que "el Papa regulariza que las mujeres distribuyan la comunión y lean textos en la misa", antes que nada pensé que el paso que daba el Vaticano era enorme, en la línea de lo que el mismo Bergoglio dijo hace siete años ("hay que hacer una profunda teología de la mujer"). O lo que repitió tres años después, cuando anunció la posibilidad de que las mujeres accedieran al diaconado.

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Nada de eso. Una lectura atenta del 'motu proprio' indica que es solo una institucionalización de lo que ya hace tiempo que pasa, que las mujeres pueden leer las epístolas y dar la comunión. Es decir, un maquillaje para que no parezca que solo pueden dedicarse a limpiar el altar.