Barraca y Tangana

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Fekir lamenta un fallo en el derbi sevillano que se vivió en el Villamarín

Fekir lamenta un fallo en el derbi sevillano que se vivió en el Villamarín / AFP/ Europa Press

Cada cierto tiempo sufro un ataque de responsabilidad súbita. Me pasa mucho si estoy con resaca, porque siento que mi cuerpo marchito cruje y se debilita. Cuídate un poco, me digo, cuídate un poco que ya no eres un chaval, y hoy para recuperarte no pidas ni hamburguesas ni kebabs ni pizzas. Cuídate un poco, me convenzo, y me pido un poke vegano con tanta conciencia sana que ni siquiera lo pido con arroz blanco de sushi, sino con arroz integral o quinoa, la estafa máxima. Lo pido y me lo como, y hasta me gusta, pero ocurre que al rato tengo más hambre y ya se ha esfumado lo de la conciencia sana y la responsabilidad súbita, y entonces como dos veces, porque entonces sí pido la hamburguesa, el kebab o la pizza.

En la misma línea, a veces me da por ir andando al trabajo. Lo tengo cronometrado: ir me cuesta 26 minutos y volver 24, que eso significa que aún soy una persona normal, porque tengo más ganas de irme que de llegar. No sé en vuestras ciudades cómo está el tema, pero en la mía es muy raro andar más de 20 minutos. Yo sólo he caminado más de 20 minutos para ir a las discotecas de los polígonos o a los partidos de fútbol, que más o menos venía a ser lo mismo -pocas victorias y demasiadas expectativas-. También para ir de romería. No sé en vuestras ciudades, pero en Castelló andar más de 20 minutos ya se considera peregrinación, o al menos por una procesión te lo convalidan. Es una ciudad pequeña la mía.

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De camino al trabajo escucho música, contesto correos y envío audios de WhatsApp de una duración excesiva. También surgen ideas para la columna, que por eso he ido más de un día, que por eso he repetido. La otra tarde caminaba detrás de una madre y un hijo. El niño, que tendría unos cuatro años, tropezó en una esquina, y la madre lo levantó del suelo de malas maneras mientras lo insultaba. Estás tonto o qué, le dijo, y el niño levantó una mano y giró un poco el cuello como diciendo, vamos a ver, que no me he caído a propósito, que más me duele a mí que a ti, y yo enseguida me puse de parte del niño. La secuencia me trasladó directamente al fútbol y a los partidos. Cuántas veces, cuando un delantero falla una ocasión de gol, calcamos la reacción de la madre. Eres burro o qué, le decimos, y ojalá algún delantero se dirija un día a la grada, o a la cámara, levante una mano y gire un poco el cuello y nos diga, vamos a ver, que no la he fallado a propósito, que más me duele a mí que a ti, y nos insulte también de paso porque lo tenemos merecido.

Se está haciendo muy largo esto de no poder ir al fútbol, casi tanto como un poke de quinoa, remolacha y edamame, casi tanto. Mi amigo Jaume iba con su hija por la calle, el otro día, y la niña exclamó de repente: 'Papá, huele a fútbol'. No sé en vuestras ciudades, pero en Castelló si una niña va por la calle, huele algo y dice 'huele a fútbol', no se refiere al olor del césped recién cortado, ni siquiera al aroma señorial de los puros en Tribuna, no: la niña se refería al olor de la marihuana y mi amigo pasó rápido de la melancolía a la risa. En algunos lugares el fútbol huele a deporte y a gloria -se deben aburrir los columnistas-. No sé en vuestras ciudades, pero en la mía el fútbol huele a droga. Es una ciudad pequeña la mía.

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