Grietas en la coalición

Podemos padece el síndrome del pez chico

Es difícil entender que Pablo Iglesias siga disparando contra la línea de flotación del Gobierno desde la vicepresidencia segunda

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Reforzado por su destacado protagonismo en la aprobación de los Presupuestos, Pablo Iglesias presiona a Pedro Sánchez con una batería de exigencias que ha abierto nuevas grietas en la coalición de gobierno. Aumento del salario mínimo, negativa a alargar el periodo de cotización para calcular las pensiones e iniciativas destinadas a sentar al Rey emérito en el banquillo. El líder de Podemos ha rematado la faena de las últimas semanas insinuando que ERC y EH Bildu deben estar en la dirección del Estado y llamando a la movilización de los sindicatos para presionar al PSOE. La ofensiva de Iglesias recuerda aquel viejo reflejo de la izquierda más radical según el cual conviene caminar juntos con los socialistas, pero no revueltos, porque ellos siempre acaban claudicando ante el poder establecido. Sin embargo, la historia de los conflictos que han diezmado muchas coaliciones progresistas ofrece otra interpretación, menos prosaica: se trata de que el pez gordo no se coma al chico

Iglesias no quiere que a Podemos lo ocurra lo de Castilla-La Mancha, donde la formación quedó barrida del Parlamento autonómico después de participar en un Gobierno presidido por los socialistas. O que suceda como en Andalucía, donde una parte del voto de Izquierda Unida se fue a la abstención, a los socialistas o incluso a Vox, tras haber participado en el último Gobierno de Susana Díaz. Nada nuevo. Se trata de un viejo temor que ha perseguido a un parte de la izquierda desde que el Partido Comunista francés pagó con su práctica desaparición política su colaboración con François Mitterrand y Lionel Jospin. En todos estos casos, y en otros, el pez grande se comió al chico. No siempre fue exactamente así porque, a veces, como en Andalucía, o en Francia, los socialistas también pagaron la experiencia con la pérdida del poder, pero en todos los casos la fuerza menor fue la que salió más esquilmada (las últimas encuestas constituyen una primera advertencia para ambos). Perseguido por este fantasma, es posible que sea Iglesias, y no Sánchez, el que tenga dificultades para dormir, pensando en las consecuencias que pueda tener regalar al PSOE los logros del Gobierno, mientras Podemos apechuga con los límites de la gestión pública que la pandemia del covid-19 ha hecho más evidentes.

La estrategia de permanente marcaje al PSOE puede aparecer como un regalo al Partido Popular

La estrategia de permanente marcaje al PSOE puesta en pie por Iglesias encuentra argumentos de peso en la crisis que padecen las clases más desfavorecidas. Sin embargo, corre el peligro de aparecer como contraria al espíritu de unidad que él mismo reclama. Es más, para las bases socialistas puede aparecer como un regalo al Partido Popular. La imagen de un Ejecutivo cada vez enfrascado en permanente disputas no beneficia a ninguno de lo socios de la coalición. Porque la ‘oposición’ que Podemos puede hacer desde el Gobierno nunca cobrará tantos dividendos como la que vaya a hacer Vox desde fuera. Puede que las encuestas digan que el salario mínimo debe seguir aumentando, puede que una mayoría se muestre contraria a las ideas que tiene el ministro José Luis Escrivá sobre las pensiones, o a la concepción más liberal de la vicepresidenta Nadia Calviño sobre la reforma laboral, pero el temor más relevante de los ciudadanos progresistas es que una crisis de la coalición abra el camino a un Gobierno de derecha dura. Con una restauración que haría bueno el denostado ‘régimen del 78’.

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No sé si Iglesias tiene presente este peligro cuando amenaza veladamente con una movilización social contra el Gobierno. Si hubiese aceptado la solución a la portuguesa que le ofreció Sánchez, esto es, un apoyo desde fuera a un Ejecutivo socialista en minoría, su actitud seria no solo legitima, sino más rentable para su formación. Pero es más difícil entender que siga disparando contra la línea de flotación del Gobierno desde la vicepresidencia segunda, incluso para una parte de sus votantes. ¿Cómo evitar que el pez gordo se coma al chico? Gestionando la vicepresidencia y los ministerios a cargo de Podemos con la eficacia de Yolanda Díaz, la ministra de Trabajo. Asumiendo sin complejos la tarea de gobierno y demostrando que una formación nacida del 15-M aporta propuestas políticas y una manera de hacer que suma a las de los socialistas. Desarrollando una narrativa de partido con visión de Estado que se pueda explicar con coherencia en los despachos y en la calle. Sin renunciar al espíritu republicano y federal que caracteriza la formación, pero sin soñar en hegemonías improbables basadas en el advenimiento de una república para el día después de la pandemia.