Laporta y la alegría

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El cartel electoral de Joan Laporta en las inmediaciones del Bernabéu

El cartel electoral de Joan Laporta en las inmediaciones del Bernabéu / Juan Medina / Reuters

El cenizo es mala compañía. El tiempo es poco, así que siempre es conveniente procurarse un sequito de gente alegre abonada al bullicio y a la jarana. Alegría. Y después de la farra, más alegría. Cuando Johan Cruyff dijo a sus jugadores en el vestuario de Wembley el 20 de mayo de 1992 que salieran al campo y disfrutasen resumió en una frase imperativa la que debiera ser la única aspiración de todas las gentes del futbol: ¡pasarlo en grande!

Las elecciones en Can Barça van a ser un metrónomo del contento de cada uno de los candidatos y de su capacidad de irradiarlo a los demás. Como la institución está en el pozo y el equipo, dependiendo del día, algo o muy renqueante, les va a tocar a los aspirantes al sillón presidencial pincharnos el nervio del alborozo.

Los jefes de campaña ya saben que quienes pretendan pedir el voto vestidos de aguafiestas y alertándonos de todos los males y dificultades que esperan al barcelonismo en la próxima esquina, mejor que se queden en casa para no malgastar ni su tiempo ni su dinero.

Porque lo de Josep Lluís Núñez en su día, insistiendo arriba y abajo en que al socio no se le puede engañar era una solemne majadería. Al socio, como al resto de los mortales en todas las elecciones habidas y por haber, no sólo se le puede mentir, sino que es aconsejable hacerlo, si uno aspira a ganarse su voto, claro. Es el socio, el votante en general, quien pide a gritos una trola después de otra. Para un político, o un precandidato, la mentira es un pecado muy venial, casi diríamos que una virtud, porque es su público quien se la exige.

Nadie va a ser presidente del Barça sin prometer que volveremos a ganarlo todo, que las finanzas se arreglarán en un plis plas por muy malo que sea el último balance y que ficharemos a quien nos dé la gana y hasta el infinito y más allá. Pero esto, aún siendo importante, son sólo los mínimos para llegar al cinco pelado.

La alegría no está en las promesas. Está en la manera de hacerlas. Y es ahí donde Joan Laporta se convierte en un gigante porque, caiga bien o mal, mejor o peor, nadie puede poner en duda que él ha venido a este mundo a divertirse. La pancarta del Bernabéu es el gamberrismo alegre y atrevido de quien milita en la jarana. Y reír es estar vivo. Eso es lo que hizo grande la acción publicitaria de la lona en territorio merengue: inyectó vida a los barcelonistas.

Hay quien piensa ya en pascua antes de ramos, como si después de la pancarta ya no hiciera falta ni siquiera poner las urnas y pudiese declararse vencedor a Laporta. ¡Paren el carro! Los partidos duran 90 minutos y este ni siquiera ha comenzado. Hasta el rabo todo es toro.

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Pero sí es cierto que Laporta ha enseñado sus credenciales y que su enorme rostro en la fachada de la Castellana se asemeja mucho al “abróchense los cinturones” que pronunció Pep Guardiola en 2008 cuando prologó, tras ganar el Gamper, la que iba a ser su primera temporada como entrenador del primer equipo.

Harán bien los candidatos con ideas proyectadas y maduradas desde hace tiempo en pincharse por la vía de urgencia el botox de la alegría. Porque quizás puedan acusar a Laporta de no tener proyecto, pero se equivocarán. Él y su actitud vital son el proyecto. Y no son poca cosa.