Los ultras

La libertad de expresión no es el bien supremo

No hay que dejar que lo que parece anecdótico tape lo sustancial, esto es, que la extrema derecha ha perdido la vergüenza

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Asistentes al acto de Vox en Barcelona  realizan saludos fascistas durante el acto, este domigno en la plaza Sant Jaume

Asistentes al acto de Vox en Barcelona realizan saludos fascistas durante el acto, este domigno en la plaza Sant Jaume / Alberto Estevez (EFE)

Es posible que la democracia sirva para que un racista como Santiago Abascal pueda venir a Barcelona a decir imbecilidades del estilo “el golpe de estado sigue activo en Catalunya”, como sucedió este domingo. Lo que ya supera todos los límites es que en un Estado homologado este sujeto se presente acompañado de un puñado de individuos con simbología nazi y se planten en la misma plaza de Sant Jaume a vomitar proclamas franquistas. Eran cuatro gatos, cierto, pero lo sustancial aquí no es la cantidad sino la calidad. Porque el akelarrre ultra en Barcelona llega solo unos días después de que unos cuantos militares retirados pidieran en un grupo de Whatsapp “el fusilamiento” (sic) de 26 millones de personas.

Los franquistas retirados son aparentemente una minoría, pero no hay que dejar que lo que parece anecdótico tape lo sustancial, esto es, que la extrema derecha ha perdido la vergüenza, se siente de nuevo empoderada y cuenta con una marca perfectamente legal (Vox) con más de 3,5 millones de votantes: a su diputada en el congreso Macarena Olona incluso se le escapó que los militares nostálgicos “son de los nuestros”. Mucho cuidado, porque mientras una cierta opinión pública sufre ataques de histeria con el legítimo pacto con Bildu, el discurso parafascista de Vox se blanquea poco a poco y sin ningún escándalo.

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Primero fue el 1-O y ahora ha sido el pacto PSOE-ERC-Bildu: dos trágalas insoportables que han activado una España que enloquece en realidad cuando no gobierna. ¿O es que ya no nos acordamos del ambiente guerracivilista post-11-M? Lo inquietante es que los ultras se sienten ahora con derecho a expresar sus fantasías golpistas, homófobas y racistas. Pues perdonen, pero la libertad de expresión debería dejar de ser el bien supremo, como se nos dice tantas veces. Si esta pretendida libertad sirve para que me hagan el saludo fascista con símbolos nazis en mi cara y se habilitan discursos cada vez más peligrosos, prefiero que se restrinja esta libertad hasta donde sea necesario. Mucho antes que la libertad viene el respeto.