Peccata minuta

La señora Carulla

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Montserrat Carulla, en el 2016

Montserrat Carulla, en el 2016 / ADRIANA DOMINGUEZ

Hace casi 40 años me enamoré literalmente -ella tenía 41 y yo 16- de Montserrat Carulla viéndola representar 'La filla del mar', dirigida por Ricard Salvat, en el Poliorama de las Ramblas, ¡Cuánta belleza, elegancia y armonía desprendía su rostro, cuánta música brotaba de las palabras de Àngel Guimerà pasadas por sus labios! También aquel día descubrí que el catalán podía ser una muy noble lengua de verso en voz alta, como el italiano de Dante o el francés de Racine. Todo en Carulla era terriblemente humano, aunque caligráficamente pasado a limpio. 

Un cuarto de siglo más tarde, Josep Domènech, de la productora teatral Bitó, me propuso: “¿Qué te parecería la Carulla como una de tus tres 'colometes' de “La plaça del Diamant”? Entré en pánico: por aquella época algunas personalidades del teatro local, como ella, me producían un exceso de respeto que me enanizaba ante su sola presencia. El proceso de ensayos, junto a Rosa Renom y Mercè Pons, fue más que tormentoso. Ya en escena, libres de mí, las tres estuvieron espléndidas. “El teatro debe pasar por la lágrima”, dejó dicho el director alemán Klaus Michael Grüber. Y esto es lo que ocurrió.

A pesar de nuestro fatal inicio, luego nos pasamos diez años trabajando juntos y paseando por nuestro pequeño mundo las palabras de Maragall, Espriu, Pla, Estellés, Sagarra… Y Yukio Mishima, a quien representamos en un sórdido teatrucho sin camerinos a 40 grados en un Festival-Grec. Siempre se apuntó a cualquier bombardeo, incluso a participar en un homenaje a la Barcelona de los 70 en una gélida y desangelada carpa al final de las Ramblas donde tuvo que cambiarse 30 días al amparo de una estufita de butano entre cajas de cerveza.

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Todos cuantos compartimos tantos ensayos, representaciones, viajes, cenas, risas y enconadas discusiones con ella sabíamos que estábamos viviendo un privilegio que el cada día llegó a convertir en algo natural. Podría citar mil momentos de pura emoción, pero me quedo con aquel día que, montando una escena de personajes circenses, ella dijo que también quería estar, se calzó una nariz de payasa y con sus ridículos saltitos anuló al resto de la compañía.

Fue buena, inteligente, modernísima, aristocráticamente revolucionaria y popular, pero no perfecta: al volante de su discreto Mercedes, ella y su inseparable Manuel eran un auténtico peligro público. Por favor, Montse, no te pierdas por ninguna rotonda de camino al Paraíso, que es como los franceses denominan a los gallineros de los teatros, de tus teatros