EFECTOS SOCIALES DE LA PANDEMIA

Bájese la máscara

Sería un error que se normalizaran algunas realidades derivadas de la pandemia por culpa de nuestra capacidad de adaptación

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La plaza de Catalunya el pasado julio, en Barcelona.

La plaza de Catalunya el pasado julio, en Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

Los humanos tenemos la capacidad de adaptarnos a entornos nuevos e incluso, si no hay otro remedio, al dolor y al sufrimiento. En estos meses de pandemia estamos descubriendo la disposición a aceptar las condiciones que se nos imponen, precisamente porque tenemos la aptitud de acostumbramos a un nuevo entorno. El miedo a enfermar, al castigo o al temor a ser señalados nos convierten en individuos resignados con una capacidad de resistencia inimaginable. Las mascarillas, por ejemplo, ya forman parte de nuestra cotidianidad y ya nadie se extraña por ver a otro o a sí mismo con ellas. Tanto es así, que hemos empezado a conocer a gente con la mascarilla puesta y desconocemos la parte oculta de su cara. Estarán de acuerdo si digo que las caras influyen en nuestros juicios; al menos, en el momento de conocer a alguien, equivocadamente o no, nos dejamos llevar por la primera impresión de los rasgos faciales.

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Lo peor de adaptarse a las situaciones, incluso a las peores, es que muchos se acaban acostumbrando. Es evidente que no aceptaremos la mascarilla como algo permanente; sin embargo, ya hay momentos en las que nos parece anormal quitársela. Hace unos días un conocido me contaba que tuvo que entrevistar  a varias candidatas para un trabajo. Todas ellas con la mascarilla puesta. Cuando entrevistó a la candidata que le parecía más idónea, y una vez hablados los pormenores, a mi amigo le faltaba algo: verle la cara por completo, saber cómo realmente era aquella persona. Con la mascarilla se ve la frente y los ojos pero se anula la mayor parte de nuestra expresión, que está en la boca, así que mi amigo dudó si pedirle, sin que pareciera que de aquello dependía obtener el trabajo, que se bajase la máscara, y así poder conocer su cara. No se atrevió. Le dio vergüenza y sintió un pudor nunca vivido. Me dijo: “Sentí, de pronto, que le pedía algo obsceno. Que me mostrase lo oculto. Me arriesgaba, incluso, a que ella se ofendiera al pensar de que su puesto dependía de su cara.” Una situación nueva que sería un error que se normalizase por culpa de la peligrosa capacidad de aceptación que tenemos la mayoría.