29 nov 2020

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Tribuna

Hombre sentado en la cama con ansiedad.

123RF

Convivir con una normalidad alterada

Sergi Corbella

Sentirnos cerca de los que amamos nos proporciona herramientas y recursos para afrontar las dificultades

La evolución de la covid-19 influye fuertemente en muchos aspectos de nuestras vidas. A medida que el contexto condicionado por la pandemia se alarga crecen los estreses a diferentes niveles (laborales, económicos, sociales, etc.). El ser humano tiene una gran capacidad para adaptarse a los cambios, pero cuando la amenaza se mantiene y la incertidumbre se prolonga más de lo previsto inicialmente es cuando la situación se agrava y crece la dificultad para gestionarla. La incertidumbre máxima sostenida en el tiempo se hace cada vez más 'tóxica' para la salud de la persona.

Muchos profesionales sanitarios han sufrido grandes estreses fruto de la situación de los últimos meses que los han llevado a vivir con altos niveles de tensión, ansiedad y/o tristeza. Muchos otros colectivos han visto y ven tambalearse su forma habitual de ganarse la vida, lo que supone una preocupación nuclear por la supervivencia personal / familiar. La crisis sanitaria va complicando la crisis económica y social.
La realidad va cambiando y para muchos se va agravando de forma similar a cuando experimentamos que un dolor puntual (como un pinchazo) se alarga más de lo esperado.

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Es en este momento cuando el sufrimiento crece por la percepción de indefensión generada. Cuando sentimos que no podemos hacer mucho para revertir una situación que nos amenaza y al mismo tiempo tenemos que satisfacer unas necesidades básicas es cuando el sufrimiento crece afectando emocionalmente y psicológicamente a la persona. Un contexto incierto y difícil alimentado por una sensación de falta de apoyo por parte de las administraciones se convierte en el caldo de cultivo de un malestar profundo.

Desde la psicología nos preocupa el impacto de la situación pandémica sobre el estado anímico / emocional de nuestra sociedad. Ya se ha comentado en algunas ocasiones que las consecuencias psicológicas y emocionales del contexto actual no son pocas en función de la edad, las características personales y las circunstancias individuales / familiares de cada persona. La ansiedad, la tristeza, la irritabilidad, el insomnio, la desilusión, la desesperanza y el agotamiento emocional son algunas de las muchas afectaciones que se pueden experimentado en mayor o menor medida.

Ya empezamos a tener datos de las consecuencias psicológicas fruto del primer confinamiento más allá de las respuestas emocionales adaptativas habituales. El incremento de los cuadros de ansiedad, depresión y de consumo de sustancias (alcohol) son algunas de las afectaciones relevantes sobre la salud mental. La soledad y el aislamiento social ha hecho estragos en colectivos vulnerables, tanto en ancianos como en personas con necesidades especiales, entre otros. La crisis de la covid-19 ha incrementado el sentimiento de fragilidad y vulnerabilidad, elevando la incertidumbre en grados máximos y haciéndola más difícil de tolerar y manejar según las circunstancias de cada uno.

Fruto de la situación emerge en muchas personas una mayor pasividad y desafección que se ve acentuada por la falta de activación propia de la interacción social entre amigos y compañeros, que se ha visto fuertemente mermada. Nos toca vivir en una realidad alterada por la evolución de la covid-19 y condicionada por las diferentes medidas que los gobiernos impulsan para reducir la interacción social y la movilidad. Acciones que contribuyen a bajar los contagios pero que sin embargo generan nuevas circunstancias que tienen y tendrán sus efectos en la salud mental de una parte de la población.

Recursos y energía

A medida que avanzaba el mes de agosto buena parte de la población ganaba conciencia de la situación que se iba complicando y de la amenaza de los nuevos posibles confinamientos. No por más prevista y anticipada que fuera esta situación deja de ser impactante y difícil de vivirla. Todos y cada uno de nosotros activamos los recursos que tenemos para adaptarnos a este contexto cambiante e incierto. Sabemos que esta adaptación constante consume una cantidad importante de energía, que en estos momentos tampoco se puede ver alimentada por la habitual interacción social que vivíamos en contextos informales. Vivir en este contexto pandémico propicia que aflore un abanico de emociones variado y no siempre fáciles de identificar, tolerar y manejar.

Hay que preservar las actividades y las interacciones sociales, aunque sean telefónicas o por videoconferencia, como elemento promotor de salud

Nos conviene tener presente la clara transitoriedad de las medidas de esta etapa y tener el convencimiento de que podremos recuperar 'pronto' una mayor interacción social presencial entre las personas de nuestro entorno próximo. Hay que preservar las actividades y las interacciones sociales (aunque sean telefónicas, por videoconferencia, etc.) como elemento esencial de activación y promotor de salud. Aunque también hay que mantener encuentros presenciales, siguiendo las medidas de prevención, con aquellas personas más significativas por el peso afectivo y emocional que suponen.

No debemos dejar que la distancia necesaria para la prevención de la covid-19 nos haga sentir lejos de los que amamos. Sentirnos cerca de los que amamos refuerza el sentido de pertenencia al grupo / familia proporcionando herramientas y recursos para afrontar las dificultades y aquellos estreses que puedan aparecer. Preservar hábitos, rutinas y aficiones, mantener una cierta actividad física, cuidar de los que queremos, así como encontrar sentido a las acciones que fruto de la excepcionalidad del momento nos toca llevar a cabo temporalmente contribuyen a estabilizar emocionalmente ya potenciar nuestra resiliencia ante la adversidad.

*Psicólogo. Decano de la Facultat de Psicologia, Ciències de l’Educació i de l’Esport Blanquerna-URL.