29 nov 2020

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Análisis

Loretta Oakes, simpatizante republicana, esperando los resultados en Las Vegas, Nevada.

EFE / DAVID BECKER

Mirando hacia Estados Unidos sin ira

Alfonso Armada

La jornada del martes ha agrandado la grieta y enviado un mensaje que atizará los peores instintos

La jornada electoral en Estados Unidos no cerró las heridas. He aquí algunas consideraciones preliminares, cuando la historia todavía está escribiéndose.

1. La superioridad moral de buena parte de los europeos, y tal vez de los encuestadores estadounidenses, ha hecho que se vuelvan a confundir los deseos con la realidad

2. El trumpismo ha venido para quedarse. Configura un electorado predominantemente blanco, orgulloso de serlo, que odia la corrección política, se burla del multiculturalismo, de raigambre evangelista, no tiene complejo de culpa por el racismo (y los pobres se merecen su pobreza), desprecia opciones sexuales no heterodoxas, y se recrea en el patriotismo y en una imagen mítica de unos Estados Unidos que no necesitan del resto del mundo para volver a ser grandes. Es La Base, que ha encontrado en Donald Trump su catalizador que se sirve de las nuevas tecnologías y de las redes sociales para que el mensaje cale en tierra abonada: electores que no se exponen a otras visiones de la realidad. Esos millones de estadounidenses no van a desaparecer y han desbordado los cauces del Partido Republicano, seducido por el poder gracias a una deriva política que comanda un caudillo en el que populismo, astucia de la razón y desdén por las complejidades democráticas ha hecho masa. Un líder que canaliza rabia por el declive de la vieja industria, y “la voz del pueblo”, siguiendo patrones de honda tradición en Estados Unidos, pero con rasgos autoritarios europeos y latinoamericanos. 

3. Pasó con Hilary Clinton, ha vuelto a pasar con Joe Biden. Aparte de las dificultades que en muchos estados los negros encuentran para votar (invalidando en gran medida lo que hizo Lyndon B. Johnson para garantizar su derecho), los demócratas no han sido capaces de persuadir a la clase trabajadora para que votara por ellos. Trump ha sabido conectar con ese resentimiento de clase, pese a ser cualquier cosa menos un obrero. Habla su idioma. Los dos partidos han de renovarse, pero los demócratas con más ahínco. Con pandemia desatada, corrupción en la Casa Blanca, obsceno trato a las mujeres, los inmigrantes y las minorías, la batalla política ha sido extremadamente reñida para lo que auguraba el cuartel general de Biden, y los encuestadores. Trump ha marcado la campaña.

4. Si la nación estaba dividida antes de la llegada de Trump, sus cuatro años de mandato han propulsado la polarización. La jornada del martes ha agrandado la grieta y enviado un mensaje que atizará los peores instintos y no ayuda a hacer más atractivo la deshilachada bandera de la democracia en América. La estrategia rusa de sembrar la discordia y mostrar los lamparones del sistema ha funcionado. El mapa azul (demócrata) en los extremos, rojo (republicano) en el centro escenifica dos naciones que no se hablan, y donde el odio (con armas a discreción) se enroca. En un ensayo titulado ‘Las dos Américas’ Simon Schama recordaba en el 'Financial Times' que el primer mensaje de admisión de la derrota en las elecciones estadounidenses lo telegrafió William Jennings Bryan en 1896 al ganador, William McKinley. “Hemos sometido la cuestión al pueblo americano y su voluntad es ley”. Schama recordaba que desde Hong Kong a Bielorrusia los que luchan por los derechos fundamentales consagrados en una constitución democrática (libertad de expresión, tolerancia hacia todas las religiones y el ateísmo, un sistema judicial independiente que se niegue a criminalizar a la oposición o a garantizar la inmunidad de los poderos cuando vulneren la ley) se verán galvanizados o devastados en función del desenlace final de las elecciones en Estados Unidos.