28 nov 2020

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ANÁLISIS

Messi, en el estreno europeo del Barça de Koeman ante el Ferencvaros.

REUTERS / ALBERT GEA

Un pedazo más del enfrentamiento eterno

Antonio Bigatá

Si lo piensan bien coincidirán conmigo en que todos los Barça-Madrid son un mismo partido, muy largo, sin fin. Forman parte de una confrontación eterna que ni concluye en 90 minutos ni va a hacerlo en este triste y pandémico año. Las novedades de cada edición son circunstancias menores. Da lo mismo que en alguna ocasión se siente en el banquillo el rápidamente olvidado Quique Setién, o que parezca que Zinedine Zidane se juega el puesto. Ellos y sus jugadores pasarán. Los aficionados que en el 2020 quisieran empujar con denuedo desde la grada tendrán que hacerlo desde el diván, también pasarán, aunque sabiendo que más adelante serán sustituidos por sus hijos en el Estadi porque el partido es infinito y seguirá.

Hay otro dato interesante: los resultados concretos de cada una de esas citas son efímeros. Todos sabemos (gritos y abrazos aparte, cortes de manga al margen, dejando de lado los comentarios prescindibles de los locutores televisivos vendidos o regalados al mejor postor y también los de las pocas excepciones a esa tenencia), todos sabemos, decía, que los resultados no sirven para determinar quién es el mejor. Cada afición sabe que su equipo es el mejor, y punto. Incluso cuando el resultado de una cita es puntualmente adverso. Porque es superior, dicen, en la calidad de su esencia, en la grandeza de sus principios, en las posibilidades de futuro, en los valores eternos, y en la representación fiel de la fuerza imperante de lo más grande y uniforme o como bandera de la resistencia identitaria de un pequeño. Son argumentos imbatibles para los dos aunque al equipo de uno vayan y una tarde le metan cinco.

Adversarios coaligados

Dicho esto queda claro que los trabajados goles al Ferencvaros y la fantástica derrota en casa del Madrid ante un equipo del Este con nombre poco pronunciable tienen un valor muy relativo ante lo de ahora. Esto va de partido a partido, como explicó un fino filósofo de pierna dura. Y ninguna de esas dos circunstancias de la semana moverán un solo músculo del corazon blanco del VAR ni del alma negra de los árbitros españoles, que son lo importante. VAR y árbitros saben desde antes de que se confirmen las alineaciones (¿o eran alienaciones?) lo que tienen que hacer, pero Benzemá y compañía asimismo deben poner algo, aunque sean pequeñas cositas, para que el pastel final sea presentable y no de pie a recurrir para perder en Europa, esa nueva especialidad catalana que rivaluza con el pan con tomate. En eso consistirá el encuentro.

Ante tantos adversarios coaligados si el Barça quiere torcer la fuerza del destino no ha de poner algo de su parte, ha de ponerlo todo. Los niños de Koeman tienen que morder aunque sus dientes sean casi de leche, Messi debe olvidarse de todo lo que debe olvidarse, y a los once que salgan les convendría prescindir durante una hora y media del proyecto de convenio colectivo que les han puesto delante.

En un país tan dividido como este la visita del Madrid siempre es una oportunidad. No de reunificación (lo imposible es por definición imposible) pero si de tirar por una vez todos con fuerza los caramelos en la misma dirección, como se hace a veces en las cabalgatas. Glups, estoy pensando en las fiestas navideñas sin caer en que no es seguro que podamos celebrarlas. Y sin caer tampoco en que como uno de los protagonistas emblematicos de la cabalgata, el rubio, no solo se ha ido hacia Oriente (en vez de venir desde allí) sino que nos ha dejado con únicamente incienso y mirra, por lo que este año será muy deslucida. Por eso deberíamos tener la verdadera fiesta ahora y a cargo del Madrid, que tambien es real. Sería como una vacuna.