29 oct 2020

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ANÁLISIS

Koeman, en el banquillo de Balaídos en el duelo ante el Celta.

REUTERS / MIGUEL VIDAL

Las guerras frías del Barça

Antonio Bigatá

Mientras Koeman intenta organizar un once competitivo para enfrentarse al guerrillero sistema de juego del Getafe (golpear al poderoso y replegarse con hermetismo) da la sensación de que el Barça/institución se limita a buscar la manera de no capitular ante el puñado de guerras de verdad  (guerras teóricamente frías, en la práctica con bombazos) que mantiene en diversos frentes. Una, la más dolorosa, la confrontación civil que vive, con Bartomeu asediado por el desamor de muchísimos discrepantes por cuestiones diversas.

Planean encima suyo la moción de censura  que amenaza con fulminarle, unas cuentas económicas imposibles de cuadrar, lo que todavía pueda dar de sí en términos de descrédito el Barçagate...  Después de haber hecho retroceder a Messi cuando este verano iba recto hacia barraca (quizá su mejor logro como presidente) ahora debe purgar el trance de tener que escuchar lo que le diga cuando él le explique que después de todo lo que ha pasado este año encima quiere pagarle menos de lo que fija ese contrato que paró su salida. Yo no quiero ser Bartomeu, ¿y usted?

Pero lo peor para el club, lo más trascendente, son otras caldeadas guerras frías. Hay pocas probabilidades de que los socios lleguen a ocupar sus asientos en el Estadi. La evolución del covid puede ahorrarle al actual presidente del club el ametrallamiento sonoro con que se le recibirá el primer día con partido de puertas abiertas. Pero para los demás habitantes del mundo la continuidad de la pandemia amenaza con consolidar para bastante tiempo el modelo del fútbol sin alma por la ausencia de espectadores, la adhesión viva sustituida por aplausos pregrabados, y el desmoronamiento de todo lo que no es el negocio de quienes lo televisan. Seguiremos en la degradación. La desaparición del factor campo altera todas las competiciones respecto a cómo las conocíamos.

El Madrid coaligado con el VAR

En esta mala etapa los caprichos de quienes interpretan el VAR decantan un número cada vez más elevado de partidos. Para muchos barcelonistas el enemigo ya no es simplemente el Real Madrid sino el Real Madrid coaligado con el VAR y coaligado asimismo con la imposibilidad de protestarlo desde la grada. Su actuación conjunta es como un crimen de guerra. Desde los televisores unos cuantos de los comentaristas que acompañan a ese trío dan la puntilla que convierte algunos sucios crímenes en perfectos. Están creando una nueva cultura para los  aficionados que se sientan en los divanes de las casas. Si se les hace caso, lo que simbolizaban Xavi Iniesta  es lo viejo pasado de moda.

El referente actual que predican se llama Sergio Ramos, que además de generar rechazo explícito por su antideportividad en casi todos los campos del mundo, se ha convertido en el emblema más admirable del fútbol español. También, por cierto, en el necesario delantero centro rematador de su selección. Esta decadencia coincide con el momento en que esta selección se desenvuelve con el fútbol devaluado de estos tiempos del covid  y reúne a poca gente de nuestros grandes clubs porque las figuras de la Liga compiten en selecciones extranjeras.

Con todo eso haciendo de telón de fondo Koeman tendrá que seguir dilucidando en Getafe si las posibilidades de ensamblar un gran conjunto pasan por conseguir de Griezmann el mismo rendimiento que le saca Deschamps en Francia, y si se atreve a darle el espacio físico central y la libertad de movimientos que tiene allí, y que en el Barça sólo disfruta Messi. Pero hay otras decisiones pendientes: ¿insistir con los jovencitos Trincao Pedri o recurrir a Dembelé? ¿Insistir con la pareja Busquets-De Jong como armazón central del equipo? ¿Insistir con Messi haciendo de falso nueve o buscar otra alternativa más explícitamente rematadora para la punta del ataque? Probablemente esas dudas nos van a acompañar a lo largo de toda la temporada.