La hoguera

El vecino de las fieras

Hay parejas que se alimentan de la discusión igual que los reactores atómicos viven gracias al uranio

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Un chico grita a una chica con un megáfono.

Un chico grita a una chica con un megáfono. / 123RF

Aquello que decían de que salimos mejores era verdad. Mi vecino, por ejemplo, está convencido de que es mejor que su novia, y esta parece segura de que la mejor es ella, así que no se ponen de acuerdo. Cada uno tiene tantos argumentos para venderse como mejor que el otro que se pasan el día discutiendo. Yo he tenido parejas infelices como cualquiera, pero mis vecinos van a por el Premio Nobel de la Guerra.

Empiezan a discutir por cualquier cosa cuando me tomo el primer café y las voces llegan, como una jauría de gatos en celo, hasta que abro la última cerveza antes de irme a la cama. Se trata de dos fuerzas de igual magnitud tirando de un objeto en direcciones opuestas, así que también era verdad eso de que salíamos más fuertes. Y no se cansan nunca.

Durante el confinamiento se les estropeó la relación. Yo estaba convencido de que se mandarían al cuerno en cuanto se les permitiera salir a la calle, pero no. Hay parejas que se alimentan de la discusión igual que los reactores atómicos viven gracias al uranio. Cualquiera que se acerque demasiado a este mineral irradiado terminará más calvo que un disidente ruso, pero mis vecinos han hecho de Chernóbil su hábitat natural.

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Cuando llevan muchas horas gritando, a ella se le pone la voz grave y a él chillona, lo que me hace pensar que después de todo comparten las labores y llevan juntos la carga ominosa de su relación. Algunas tardes la trifulca te vuelve tan violenta, la voz de él se hace tan aguda y la de ella tan ronca, que pienso que tendré que salir en la tele diciendo que parecían gente muy normal, pero la sangre nunca llega al río.

Sin embargo, por más que discutan, todavía no he conseguido tomar partido. No desarrollo preferencias y si me dieran a elegir optaría por otro patio que fuera de luces y no de ruidos. Así que en este sentido su batalla es terapéutica. Me ayuda a afrontar la confrontación política desde la única posición sensata, que consiste en ponerse tapones en los oídos y fantasear con irse a vivir a otra parte.

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