31 oct 2020

Ir a contenido
El primer ministro italiano, Giuseppe Conte.

EFE

Buen gobierno en casa del pobre

Rosa Massagué

Las elecciones regionales en Italia no han producido movimientos magmáticos pero sí pueden indicar un cambio de tendencia hacia un bipartidismo que favorezca la estabilidad política

La buena gestión del covid-19 tiene premio. Lo ha tenido en Italia en las elecciones para varias presidencias regionales con la victoria de los gobernadores de las regiones del Véneto en el norte y de Campania en el sur. Luca Zaia, por el centroderecha, y Vincenzo di Luca, por el centroizquierda, repetirán con el refrendo de entre el 60% y el 70% de los votos cada uno, unos altos porcentajes cada vez más raros dada la fragmentación política que se da en todas partes.

Si la fragmentación provoca inestabilidad, estas elecciones aunque sean muy parciales y limitadas a pocas regiones, ha dado otras señales de que el electorado quiere buen gobierno. Muchos, y muy en particular el centroderecha, habían planteado estos comicios como la oportunidad para hacer caer al Gobierno de Roma. Sin embargo, el resultado ha sido el contrario.

El Ejecutivo que preside Giuseppe Conte sale reforzado porque uno de los componentes de la coalición, el Partido Democrático (PD), ha consolidado su dominio en Toscana, la región que podía haber perdido después de 50 años. La cosa tiene su mérito porque este partido, biznieto del que fue potente y monolítico Partido Comunista en los años de la guerra fría, tiene una tendencia irrefrenable a las escisiones y a las duras y estériles batallas internas. Nicola Zingaretti, su secretario general, puede respirar un poco tranquilo.

Partido tradicional

Este reforzamiento tiene otro aspecto que merece consideración y es que el PD es un partido tradicional, como los de antes que fueron arrinconados por la existencia de movimientos, plataformas y otros experimentos políticos. Esta victoria es hermana gemela de otra que se dio en enero pasado en Emilia Romaña, cuando contra pronóstico el centroizquierda conservó la región también tradicionalmente roja.

Quien por el contrario ha visto su proyecto diezmado es el líder de La Liga, Matteo Salvini, que se había puesto como objetivo echar a la izquierda de Toscana. Ocupante casi absoluto del espacio de una derecha populista, tiene ahora que compartirlo con un competidor en plena fase de ascenso, Fratelli d’Italia, de Giorgia Meloni que se ha hecho con una región.

Estas elecciones no han producido movimientos magmáticos, pero sí pueden indicar un cambio de tendencia hacia un bipartidismo que favorezca la estabilidad política. Ciertamente, la elaboración del programa para la utilización de los recursos europeos en la que está trabajando Conte reclama mucha calma en el Gabinete. El mal resultado del otro socio de coalición, el Movimiento 5 estrellas, no le permitirá alzar demasiado la voz. De momento está lamiéndose las heridas sacando pecho por la victoria en el referéndum celebrado en paralelo a las elecciones sobre la reducción del número de parlamentarios, una cuestión que no es baladí ya que implica una reforma con la mirada puesta en la elección del presidente de la República a celebrar en el 2022. En el camino pueden ocurrir muchos accidentes sin olvidar que pese a lo ocurrido en estas elecciones, 15 de las 20 regiones italianas están en manos de la derecha. Y la alegría dura poco en casa del pobre.