27 sep 2020

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Al contrataque

Imagen de archivo de un comedor vacío en una escuela 

EUROPA PRESS

Suspenso en educación

Carles Francino

España seguirá atascada en su progreso y sumergida en esa charca secular de mala leche que nos caracteriza mientras la reputación de sus maestros no cotice al alza

Jorge Molina tiene 64 años y ha formado a centenares de médicos en la Universidad de Málaga. Da clases de obstetricia y ginecología y ha gozado de una magnífica reputación entre colegas y alumnos. Pero nada de eso le sirvió durante 35 años para otra cosa que no fuera encadenar contratos temporales; uno tras otro. Hasta que en el 2017 alguien decidió no renovarle, él presentó denuncia y ahora el Tribunal Supremo acaba de darle la razón. Ha conseguido que le readmitan, aunque todavía desconoce en qué categoría.

"Quiero que alguien me diga lo que soy" es su nueva reivindicación. El caso reaviva el debate sobre cómo poner coto a los abusos perpetrados en el sistema universtiario con la figura del profesor asociado; y puede servir a otros miles de docentes para mejorar sus condiciones laborales, ya que la sentencia favorable a Jorge Molina deja muy claro que se trata de un fraude de ley. 

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Lamentablemente, su historia no es ninguna rareza sino una práctica común en todos los niveles educativos -y en otros ámbitos, como la sanidad- que ya ha merecido varios reproches del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Además del cabreo monumental de miles de interinos atrapados en un bucle de precariedad/temporalidad desesperante. Ahora que el comienzo de este rarísimo curso escolar amenaza con convertir a esos maestros -y maestras- en una especie de chicos-para-todo con funciones de enfermería, limpieza y control de la circulación, no estaría de más recordar la importancia de su verdadera tarea: transmitir conocimientos, inculcar valores y conseguir que la civilidad se propague entre sus alumnos a mayor velocidad que el coronavirus.

España seguirá atascada en su progreso y sumergida en esa charca secular de mala leche que nos caracteriza mientras la reputación de sus maestros no cotice al alza. Y no hablo solo de sus salarios.

Treinta años siendo incapaces de alumbrar un Estatuto del Docente y 40 cambiando leyes educativas (Loece, Lode, Logse, Lopeg, Loe, Lomce... ahora se está cociendo la Lomloe) nos pone una nota irrefutable como país: suspenso total.