28 nov 2020

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MIRADOR

Una chica con una mascarilla con la bandera independentista

FERRAN NADEU

Diada tristona

Xavier Bru de Sala

Este Onze de Setembre fue día plausible para los que empiezan a creer que este camino no lleva a ninguna parte

Más que el pinchazo de las manifestaciones, escamoteable por obra y desgracia del virus, la prueba fehaciente de la tristeza de este 11-S es la disminución de las felicitaciones vía móvil. Si hasta hace poco los mensajes enviados por la Diada hacían pensar en una nueva Navidad o Año Nuevo, fechas en que los felicitaciones son una grata obligación social, la insatisfacción general, no solo de los independentistas, ha reducido los deseos de «‘bona Diada’» hasta un número que puede considerarse residual. Nada que celebrar. Nada viable a proponer. Nada que hacer. Al menos por ahora y en el futuro inmediato, o el que se puede palpar o siquiera intuir. Cuando vaya en serio, ya nos avisarán.

Mientras, cada cual a lo suyo, que bastante le cuesta. Este parece que es el estado de ánimo colectivo genérico, general y generalizable. Atrapados al final de un callejón sin salida con pared demasiado alta delante, tal vez como siempre pero con una diferencia en relación a años anteriores: con las fuerzas actuales, con el propio impulso, no se puede saltar. Ni que fuéramos todos a una. No ha ocurrido nunca y aún ocurre menos ahora.

Mala Diada para Puigdemont y todos los que todavía creen, o hacen ver que creen, que el otoño del 2017 el independentismo no sufrió una severa derrota. Día plausible para todos los convencidos y los que comienzan a creer que este camino no conduce a ninguna parte y que, en consecuencia, son necesarios nuevos planteamientos, y que si no se presentan o no convencen, es mejor esperar tiempos más propicios sin romperse los cuernos, que otro trabajo tenemos. Es demasiado arriesgado predecir cuánta gente votará a JxCat, no porque se trague las expectativas que intentan generar, sino para demostrar, con un voto divorciado de la propia existencia y de las percepciones, que aquí no se baja del burro aunque el burro esté quieto o retroceda.

Que no se diga que los catalanes se doblegan ante las derrotas en vez de levantar desde una tal vez vistosa pero inútil galería una cabecita desafiante. Y que la procesión de la desolación vaya por dentro. Va por dentro, en efecto, pero también por fuera, la desolación, no la procesión, tal como se traslucía en el ambiente de una Barcelona vacía y desesperanzada.

Según cómo, con unas pequeñas dosis de habilidad y otras más considerables de fortuna, la tristeza de esta Diada favorezca también a los partidarios de la amnistía, los cambios legislativos y otras medidas de gracia. El propio Govern se ha puesto de acuerdo en la expresión del deseo compartido que dentro de un año no haya presos. De acuerdo en el qué, no el cómo, claro.

Sea como sea y dada la opción de que el independentismo combine una nada operativa mayoría de votos con el ingreso en el estado de caos interno debido a las múltiples impotencias, tal opción depende más de factores externos que de demandas o exigencias soberanistas. Como ya es público y notorio que la represión ha obtenido el efecto deseado, e incluso más del previsto, tal vez alargar los castigos no sea lo más inteligente.