27 sep 2020

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Análisis

Fotografía de la Diada del 2019 en la plaza de España de Barcelona.

JORDI COTRINA

Diada 'carlista'

Rafael Jorba

Las novedades de este año son dos: el proceso independentista devora a sus hijos y la pandemia evidencia el desgobierno y el perfil bajo de la oposición

Escribía hace un año que la historiografía romántica proporcionó un relato épico a los estados-nación. Si las grandes democracias de nuestro entorno celebran su fiesta nacional, con más razón pueden hacerlo las naciones sin Estado o, en el caso de Catalunya, que forman parte de un Estado compuesto. Hemos venido festejando la Diada como símbolo de la pérdida de nuestro régimen institucional genuino.

La historia -recordaba entonces- es mucho más compleja. Puede afirmarse que Catalunya perdió sus libertades nacionales, pero no hay que olvidar que en 1714 no existía aún el concepto de ciudadanía que nació en 1789 con la Revolución francesa. Los ciudadanos, desde la Transición, compraron aquel relato simplificado al amparo de un catalanismo mayoritario, de matriz cívica, que se ganó el consentimiento social.

El 'procés' ha quebrado la tradición unitaria del catalanismo mayoritario. Ha roto el consenso político y el contrato social de referencia. La opción por la vía unilateral -el punto culminante fue la aprobación de las ‘leyes de desconexión’ el 6 y 7 de septiembre de 2017- evidenció que el bloque independentista no solo había forzado el relato romántico, sino que intentaba imponerlo.

Aquel día se rompió el arcoíris de la catalanidad y el consentimiento social en torno a la Diada que se había forjado en los años de la Assemblea de Catalunya y durante la Transición. La fórmula mágica que había concretado el presidente Tarradellas -“¡Ciudadanos de Catalunya!”- saltó por los aires. Hoy celebramos otro Onze de Setembre de disenso.

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Las novedades de la Diada de este año son dos. En el plano político, el 'procés' sigue sembrando la división. Primero rompió la coalición de gobierno entre CDC y UDC. Después provocó la escisión del PSC -un partido central en el espacio político catalanista- que había nacido para que los ciudadanos no tuvieran que decidir. Ahora el proceso devora a sus hijos.

El 'president' Puigdemont, desde Waterloo, ha finalizado la opa hostil contra el PDECat y el proceso de cooptación de cargos de la antigua CDC hacia JxCat. El presidente de la Generalitat por delegación, Quim Torra, acaba de hacer una remodelación de gobierno a su medida. La Diada, en suma, se inscribe en la lógica legitimista de la República ‘carlista’.

La segunda novedad, en el plano social, es el impacto del coronavirus. Todos los partidos de gobierno deberían priorizar la gestión de la pandemia y dejar en un segundo plano las querellas políticas. Desgraciadamente, no es así, ni en Barcelona ni en Madrid. En el caso de Catalunya, con un Govern caducado -lo certificó el su día Quim Torra-, urge convocar elecciones para forjar una mayoría estable de gobierno.

La paradoja es que el impacto social de la pandemia puede acabar provocando una abstención diferencial: muchos ciudadanos, cansados del desgobierno y del perfil bajo de la oposición, pueden optar por abstenerse. El independentismo no sumará adeptos, pero la fidelidad de su electorado puede darle más escaños e, incluso, la mayoría de votos de la que hoy carece. Reflexiones ante una Diada ‘carlista’.