28 oct 2020

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Curas luchadores

Pere Casaldàliga, en un documental de TV-3. 

TVC

Voces en América Latina

Núria Iceta

"Además de creyente hay que ser creíble", decía Pere Casaldàliga, y para ser creíble hay que predicar con el ejemplo

La muerte de Pere Casaldàliga el pasado día 8, con todo el amor y la radicalidad de su lucha, me ha hecho recordar una deuda que contraje con el amigo Xavier Casanovas, de Cristianisme i Justícia. Hace unos meses me escribía que el 21 de marzo se cumplían 40 años de la muerte de Lluís Espinal, periodista y jesuita, en Bolivia, y que desde la fundación que lleva su nombre estaban organizando una serie de actos para recordarle. Los actos no se pudieron celebrar, pero es de justicia reivindicarlo y aún más desde aquí, ya que la denuncia social desde los medios ocupó buena parte de su vida y fue la causa de su asesinato.

Los años 70-80 del siglo XX son convulsos en América Latina: junto a su gente, muchos religiosos dan la cara. Son los años de la eclosión de la Teología de la Liberación, de una opción radical por los pobres. En medio de las escalofriantes cifras de muertos, desde Catalunya se vive con emoción el asesinato del gerundense Joan Alsina en Chile en 1973, del jesuita compañero de Casaldàliga João Bosco Penido en 1976 en Brasil, del mismo Espinal en 1980, de monseñor Óscar Romero en El Salvador tan solo tres días después, de Ignacio Ellacuría y sus compañeros en 1989 también en El Salvador...

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Nacido en Sant Fruitós de Bages, Espinal se había instalado en La Paz en 1968 después de haber sido censurado por los reportajes de denuncia social que hacía para RTVE. En los 12 años en que se hizo un boliviano más, puso su vida al servicio de la comunidad con lo que sabía hacer mejor, como cura jesuita y como comunicador: radio, cine, prensa escrita, poesía... cualquier altavoz era un instrumento de su lucha, de la misma lucha por transmitir la palabra liberadora del Evangelio o secundar una huelga de hambre de 19 días en favor de los derechos de los trabajadores y por la amnistía de los presos políticos. "Además de creyente hay que ser creíble", decía el obispo Casaldàliga, y para ser creíble hay que predicar con el ejemplo. Una tarea difícil e inacabada. Para todos.