28 oct 2020

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Análisis

Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y el rey Felipe departen durante un Consejo de Ministros celebrado el pasado febrero. 

JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)

Sánchez o la estabilidad

Xavier Bru de Sala

En otra coyuntura, sin coronavirus, la fuga o alejamiento del monarca emérito podía haber avivado vientos republicanos de intensidad alarmante

Como en los pueblos antiguos, que nombraban dictadores en circunstancias extraordinarias a fin de conjurar inminentes peligros, Pedro Sánchez se ha erigido en parapeto contra las adversidades sobrevenidas. En la delicada, larga y complicada operación de llevar la nave a buen puerto, deben conjurarse y neutralizarse al punto, ya que solo así el timonel se podrá concentrar en su auténtico y primordial cometido, consistente en salvar a España del virus y sus nefastas consecuencias.

En otra coyuntura pues, la fuga o alejamiento del monarca emérito podía haber avivado vientos republicanos de una intensidad alarmante. Quizás el mismo Sánchez habría sido el primero en alentarlos si veía que le favorecían. En estos momentos, en cambio, todas las premisas conducen a la misma conclusión: quien se erija en el escudo protector de Felipe VI sacará la doble ventaja de colgarse una gruesa medalla y sobre todo la de evitar que sus rivales de la derecha se la pongan mientras le acusan de fomentar el caos y atentar gravemente contra la (con)sagrada Constitución.

De aquí que Sánchez exhibiera incluso un exceso de celo en la comparecencia posterior al anuncio de la desaparición de Juan Carlos I de la escena pública española (y quizás, hay que sospechar a la vista de tantas ocultaciones y especulaciones, de la faz de la tierra). El mensaje, reiterado más tarde en carta abierta la militancia socialista, está claro: Felipe VI no se toca porque no toca (y quién sabe si algún día tocará).

Podemos y el indepedendentismo

Por si la campaña de Podemos no se desacredita por sí misma, la embestida contra la monarquía del presidente Torra y buena parte del independentismo 'catch all', confirma a los ciudadanos pragmáticos, republicanos de corazón pero también y por fuerza ex juancarlistas, que el mantenimiento de la corona sobre el hijo del exiliado resulta imprescindible para neutralizar a los enemigos de la unidad de España.

En cierta manera es como los toros, que no se declararon patrimonio inmarcesible del alma y la cultura hasta que el Parlament de Catalunya los prohibió. La ecuación según la cual los ataques del independentismo refuerzan a Felipe VI como encarnación ya única, más que dinástica, de la monarquía esencial y consustancial del pacto constitucional es indestructible en términos matemáticos.

Otra cosa es la campaña de Podemos y la reacción de Pedro Sánchez. Si se trata de desacreditar el rey emérito, carta blanca porque se lo merece aunque todos sus posibles delitos no pasen de presuntos. Si Pablo Iglesias pretende apoderarse en exclusiva del republicanismo, adelante sin problemas, mientras la cosa no pase de gesticulación con fines supuestamente electorales. Si en cambio emprendiera alguna iniciativa potencialmente tendente a desestabilizar al Gobierno, no duden de que el primero en reaccionar, y con la máxima contundencia, sería su presidente, por lo que pedir ahora la cabeza del rey actual conllevaría la pérdida inmediata y fulminante de la propia. Como lo sabe mejor que nadie, Iglesias se abstendrá de ello, supongamos que también en nombre de la estabilidad.