21 sep 2020

Ir a contenido

Desde Terrassa

Vista aérea de Terrassa.

AYUNTAMIENTO DE TERRASSA

Bailar en el espacio

Silvia Cruz Lapeña

Dos veces por semana sobrevuelo con Google Earth el Eixample y desde allí vuelo hasta casa de mis padres

Dos veces por semana, sobrevuelo el Eixample para comprobar si Rudy mantiene la 'osteria' de la calle Muntaner donde yo viajaba -con la boca- hasta esa Italia que no sé si podré morder de nuevo. Luego, miro el patio de mi vecina, buscando su pelo cano y los periódicos que lee cada día bajo la luz grisácea de Barcelona. Así recorro ahora mi ciudad, desde lejos, o mejor desde una nada con forma de app llamada Google Earth a la que me acostumbré durante el Primer Confinamiento, cuando comprobé que solo la distancia se reproduce a una velocidad parecida a la de un virus.

Después, en vuelo casi rasante y surcando el cielo ­–"impasible y lejano para quienes sufren", decía Caterina Albert-Víctor Català en sus 'Drames rurals'– llego a Terrassa. Visito los dominios de mis padres, humildes y pulidos, donde el toldo azul y verde de la terraza es, junto al coche rojo aparcado en la puerta y el blanco nuclear de la fachada, un faro que me guía hasta su casa.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

No sé si podré dejar este hábito. Ni el de hablar a través de la pantalla con gente a la que pensaba no podía no oler, ni tener lejos. Cosas que dije que nunca haría y que hice y sigo haciendo mientras las nubes fingen, como nosotros, que es verano. En una epidemia no hay estaciones. Por eso el estío –aquí, allí o en este limbo– sucede porque lo forzamos, porque además de falda corta y sisas anchas, nos empeñamos en que las vacaciones no se parezcan a "estar confinados".

Hago zoom y veo las cortinas malva del cuarto de matrimonio. Se mueven, quizá sea Bambola, la perra de mi hermano que bauticé yo, lava mi madre y peina mi padre y por eso es de todos y no es de nadie. Aprieto el ratón sobre la lupa para acercarme. Clic, clic, clic. Insisto. Pero es la app la que decide hasta dónde llego. Pongo música, para alejarme y olvidar, y del altavoz sale esto: "Nadie aquí puede verte / bailando cara a cara. / Nadie puede golpearte / bailando en el espacio". Que el futuro hacía su nido en Bowie me lo contaron. Solo ahora empiezo a creerlo.