19 sep 2020

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El debate sobre el dogmatismo ideológico

Aspecto de la manifestación convocada por Vox para protestar por la gestión de la pandemia por parte del Gobierno, el pasado 23 de mayo en Madrid.

DAVID CASTRO

Demócratas contra populistas

Carles Campuzano

Es necesaria la buena política y el buen gobierno, con propuestas sólidas, viables, posibles y robustas, para afrontar los problemas sociales y económicos del país

Durante los últimos años un fantasma ha recorrido Europa y se llama populismo. Habrá que ver qué sucede en las elecciones que se irán celebrando en los próximos meses para saber si este espectro se consolida como una alternativa real de poder a los partidos democráticos y europeístas o por el contrario comienza su declive. Hay razones para pensar que, como explicó el politólogo Yascha Mounk, en la medida en que los gobiernos populistas han gestionado especialmente mal la pandemia del covid-19 y no han sido capaces ni de proteger la salud de sus ciudadanos ni tampoco la prosperidad de sus economías, el apoyo popular que han recibido irá disminuyendo. Pero también es cierto que los malestares, las frustraciones y los resentimientos de fondo que los populistas han sabido acoger no tenderán a desaparecer, sino que seguramente se agravarán como consecuencia de la crisis sanitaria que estamos sufriendo.

Y es que una parte relevante del éxito de los populismos no es otro que el de plantear las preguntas y las cuestiones adecuadas que los partidos que representaban, por la izquierda y la derecha, los valores e intereses de las clases medias y trabajadoras de las sociedades europeas, estaban ignorando. El estancamiento de los salarios, la caída del peso de la industria, las dificultades de los jóvenes para emanciparse, el debilitamiento de los servicios públicos como resultado de las políticas de austeridad, las nuevas formas de trabajo que precarizan, las dificultades de los pequeños negocios para salir adelante y los problemas de la gente del sector primario son cuestiones que se arrastran hace demasiados años y que demasiado a menudo solo aparecen en la campaña electoral.

El fracaso de los gobiernos

Los gobiernos, a la hora de la verdad, no acaban de afrontarlos con la determinación y la audacia que se necesitan. Aquí radica principalmente el éxito relativo de los populismos. Son cuestiones difíciles, que no tienen soluciones simples y mágicas, en un contexto de mayor integración y competencia económicas globales, de transformaciones tecnológicas disruptivas en los campos digital y de la robótica, y de envejecimiento de nuestras sociedades. Si, además, los populistas recogen los desasosiegos de algunos sectores de la sociedad ante los cambios culturales resultado de las migraciones, la igualdad de género y la libertad de orientación sexual, que implican sociedades más libres y abiertas, el cóctel está servido.

Ciertamente, hay muchas clases de populismos, de izquierdas y de derechas, pero todos tienen claves locales que nos ayudan a entender el porqué de las cosas. Cada populismo expresa un conjunto de malestares y resentimientos con características bien nacionales. Y, sobre todo, todos suelen compartir un discurso contra las élites y la 'casta' política, al otorgarse el hablar en nombre del pueblo, el menosprecio de las minorías y una gran desconsideración por las reglas y los procedimientos democráticos. Especialmente relevante me parece este último aspecto y es que el populismo corroe la democracia e impone la lógica del enemigo que se quiere destruir y no del adversario al que se quiere derrotar, como explicaba hace unos años Michael Ignatieff.

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Todos los demócratas y europeístas debemos hacer frente a nuestros populistas locales; también en Catalunya, claro; con un discurso radicalmente democrático en defensa de las reglas y los procedimientos legales como garantía de los derechos de todos, del pluralismo intrínseco de las sociedades, del respeto al adversario político y de la capacidad y de la necesidad de una política para construir acuerdos, pactos, puntos en común o programas compartidos. Y es que está claro que se necesitará la buena política y el buen gobierno, con propuestas sólidas, viables, posibles y robustas, lejos del dogmatismo ideológico, para afrontar los problemas sociales y económicos de fondo del país y que angustian a las clases emprendedoras y trabajadoras.

Solo con una apuesta por la productividad, que significa educación, formación, tecnología, innovación, industria, infraestructuras verdes y alianzas publico-privadas, garantizaremos la prosperidad económica. Y solo con una apuesta por la cohesión y la justicia sociales, que significa educación, formación, inversiones en infancia y jóvenes, sólidas redes de protección social para los más vulnerables, plena inclusión de las minorías, alianza con el tercer sector y cultura fomentaremos un sentimiento de pertenencia nacional positivo, integrador y acogedor. Y es que en un país como Catalunya, donde el patriotismo no se puede predicar en base a los antepasados ​​comunes, solo es posible practicarlo con el esfuerzo para construir un futuro mejor para los niños y los jóvenes de hoy.