06 ago 2020

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Al contrataque

Protestas, el pasado viernes en Detroit, contra la brutalidad de la policía estadounidense, desatadas por la muerte de George Floyd.

AFP / SETH HERALD

Intransigencia por la izquierda

Najat El Hachmi

La visceralidad lo impregna todo y los tiempos se han vuelto oscuramente maniqueos. O conmigo o contra mí, sin matices, sin medias tintas ni complejidad

Hemos tenido que desempolvar una palabra tan repulsiva como tolerancia, que no es otra cosa que la capacidad de reconocerle al otro el derecho a existir. Ya que no me gustas, te dejo ser, me conformo con tenerte cerca. El panorama crispado y agresivo de la mayor parte de los debates públicos nos obliga a apelar a la tolerancia porque el modo en que se combate a quienes piensan distinto es tomando medidas completamente desproporcionadas. Con la novedad de que esta actitud ya no es patrimonio exclusivo de la derecha, ahora también la izquierda ha adoptado actitudes beligerantes e intransigentes.

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Es lo que denuncian los 150 firmantes de la carta publicada en 'Harper’s' la semana pasada. Llaman “cultura de cancelación” a la deriva detectada en EEUU y que consiste en despedir a personas, impedir publicaciones de libros o pedir que se queme en la plaza pública a cualquiera que tenga una opinión impopular, sobre todo si va en contra de determinadas minorías. La condición de oprimidos sirve, en este caso, para dar carta blanca a todo tipo de manifestaciones que son todo menos democráticas. No hay espacio para el debate, solamente sentencias condenatorias y a menudo injustas. No importa la verdad, solo lo que la bandada más numerosa de Twitter decida qué es la verdad. La visceralidad lo impregna todo y los tiempos se han vuelto oscuramente maniqueos. O conmigo o contra mí, sin matices, sin medias tintas ni complejidad. O víctimas de comportamiento ejemplar o verdugos sin un ápice de humanidad.

Como suele pasar en estos casos, la carta ha recibido fuerte críticas. Y como ya es habitual en los 'no-debates' a los que nos hemos acostumbrado, los detractores del texto no lo refutan con argumentos, lo hacen apelando a lo que son los firmantes. Esto es: mayores en edad y blancos de piel. Lo que a lo mejor no pueden ver los intransigentes que creen justificada su intolerancia es que esta forma de actuar tarde o temprano se les volverá en contra. Porque no hay nadie tan impolutamente oprimido, tan intrínsecamente minoritario como para no tener ninguna posibilidad de resultarle molesto a otro aún más oprimido que él.