28 nov 2020

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LIBERTAD CONDICIONAL

La playa de Malvarrosa de València, el pasado 4 de julio.

EFE / KAI FORSTERLING

Hacerse un(a) Zorrilla

Lucía Etxebarria

Como el poeta, que para darse a conocer lloró al leer unos versos en el funeral de Larra sin haberlo tratado nunca, hay algo peligroso en el carácter de la gente cuando el brillo de la oportunidad opaca el respeto por la muerte

El 13 de febrero de 1837, José Zorrilla, a sus 19 años, estaba leyendo en la Biblioteca Nacional. Prácticamente vivía allí, porque se estaba caliente, no como en la que en la miserable buhardilla en la que vivía. Su amigo Joaquín Massard le comenta la noticia: por primera vez se va a dar cristiana sepultura a un suicida con el beneplácito eclesiástico. Se trata del famoso periodista Mariano José Larra. «Escriba Vd. unos versos a Larra –le dice Massard–, yo se los haría publicar en un periódico y tal vez pudieran valer algo».

Esa misma noche, Zorrilla escribe unas rimas a marchas forzadas. En el funeral de Larra, algunos leen versos, Zorrilla se apunta en el último momento, lee los suyos y … ¡se echa a llorar!  Llora para homenajear a un hombre al que ni siquiera había visto nunca, a un escritor «cuyo talento reconocía pero que no estaba entre mis más admirados». A partir de entonces, Zorrilla se convierte en un poeta famoso.

Celebraciones y brotes

El pasado lunes,  la Osakidetza (sanidad pública) de Ordizia hacía un llamamiento a los habitantes de la población. Se había detectado un rebrote de coronavirus. El punto de inicio se situaba el sábado en la zona de bares. Así que la Osakidetza conminaba a todos aquellos que hubieran estado el sábado de zuritos a que se presentaran para que les hicieran un test.

Leí la noticia regresando de otra pequeña población vasca, visitando a la familia y asistiendo a la repetición de las  fiestas de San Pedro (repetición porque en su día no se pudieron celebrar). En los bares, una turbamulta de jóvenes (y no tan jóvenes) cantaban abrazándose los unos a los otros.

Incumplir la distancia

Miércoles: leo que el paciente cero de Ordizia está localizado. Una reunión familiar masiva mantenida en un bar despertó las sospechas de los investigadores. Tirando de ese hilo, la Osakidetza dio con un hombre que también estuvo en el encuentro familiar y que procedía de Lleida, donde había estado celebrando otro encuentro familiar masivo.

Durante estos días he visto cómo la distancia social se incumplía sistemáticamente en bares, en chiringuitos, en terrazas y en la playa. Es el consumo, me dicen. Necesitamos recuperar la economía en un país que depende del turismo y de la hostelería para vivir. Así que era esa la razón por la que la Ertzaintza no se presentó para cerrar ningún bar ni en las fiestas de San Pedro, ni en las fiestas de Ordizia, ni en las terrazas de mi barrio, Lavapiés, cuando la distancia social es ya una mera entelequia.

Recuerdo a uno de mis futuros examigos, completamente borracho, peligrosamente cerca de un desconocido con el que intentaba ligar a toda costa en una de esas terrazas. 'Spoiler': no lo consiguió. Acto seguido, mi potencial examigo se fue a casa, donde vive con sus padres de 70 y 76 años.

Estupidez y poca empatía

Pero si creía yo que la estupidez y la falta de solidaridad y respeto humanas no tenían límites, las redes sociales me han venido a demostrar que siempre hay un más allá. Recientemente falleció alguien muy conocido en el mundo editorial. Las redes se llenaron de micropoemas laudatorios, de gente que quería hacerse un Zorrilla. De aspirantes a poeta que yo sabía de primera mano que no le habían conocido personalmente (pues yo sí que le había conocido), intentando rentabilizar la muerte para encontrar la fama.

Igual si se trata del que celebra un cumpleaños, el que intenta ligar en una terraza o el que intenta medrar en redes: algo peligroso hay en el carácter de la gente cuando el brillo de la oportunidad opaca el respeto por la muerte.