06 jul 2020

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IDEAS

Marcel Proust, hacia 1896.

AFP

La inteligencia de la verdad

Xavier Bru de Sala

Ahora que la mentira es exhibida como un icono que antes era maléfico, y ahora que los mentirosos compulsivos de la cosa pública se ríen de la pérdida general de confianza, los escasos restos de la verdad adquieren la textura de vetas de oro. No es lo mismo entretenerse leyendo que someterse a una maestría transformadora. Me refiero a Proust, cada vez más cerca de sustituir Shakespeare en el centro del canon que nos conforma porque nos define. Que Proust tenga un contrato con la verdad no es ninguna novedad. Sí lo es su capacidad para descubrir dónde y cómo, sin ni siquiera prestarle atención, revestimos falsedades de aparentes verdades. Como la mentira es muy astuta, para desenmascararla son imprescindibles una calidad y precisión del instrumental emocional y del lenguaje analítico que sin la 'Recherche' sería quimérico pretender afinar.

Proust está cada vez más cerca de sustituir a Shakespeare en el centro del canon que nos conforma porque nos define

Hay que ser honesto y llegar a los extremos de Albertine, 'La Prisionera', la gran víctima de las debilidades del protagonista Marcel, para compartir la idea que subyace bajo estas palabras. "Estoy asustada al pensar que sin ti me habría quedado estúpida. No lo niegues, me has abierto un mundo de ideas que ni sospechaba", etc. En efecto, después de esta declaración de la joven en nombre y representación de todos los lectores que después de más de un par de miles de páginas deberían expresar un agradecimiento con iguales o parecidas palabras, Proust se pasa unas cuantas demostrando cómo ella ya es capaz de expresarse a un nivel mucho más alambicado. Pero no por ello se agota la aventura de detectar la mentira y desenterrar la impostura. En nuestro presente de pérdida de referentes y de superficialidad con las que contribuimos a la incertidumbre que quisiéramos combatir, todos los grandes autores son doblemente víctimas: de las campañas de lectura, indiscriminadas por naturaleza y por lo tanto sin distinciones entre la estupidez y el genio, y de un 'bestsellrismo' que a menudo contribuye, si así se puede decir, a embrutecer y confundir los espíritus de los lectores, en lugar de encaminarlos a la inteligencia de la verdad.