30 may 2020

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Ideas

Aspecto del Teatre Grec el año pasado en la noche inaugural del festival de verano de Barcelona . 

RICARD CUGAT

Apretujados

Xavier Bru de Sala

Experimentamos una necesidad irrefrenable de ritual colectivo, de reír, de llorar, de manifestarnos, de estallar juntos, de contagiarnos de las emociones de desconocidos que tenemos muy cerca

Hay cambios forzosos y cambios deseados, y nadie debe de pensar que los actuales puedan ser bienvenidos. Esto bastaría para imponer la divisa del 'que me quede como estaba', válida sobre todo, aunque parezca paradoja, para los que menos bien estaban. Si recordamos que ninguno de los vuelcos de la historia ha sido predicho, con la excepción de la Revolución Francesa por Rousseau, aprenderemos a desconfiar, no a menospreciar, a los profetas de las diversas revoluciones de la 'nueva normalidad'. Por si acaso, 'que me quede como estaba'. 

Una de las principales añoranzas de la multitud que cada uno ayuda a componer es el apretujamiento. El campo de fútbol a rebosar, las localidades agotadas, etc. Si las iglesias cristianas y los cines no se vuelven a llenar, pocas lágrimas caerán: las necesidades primarias de culto se cubren de sobras con la excitación de las pantallas. No hay sustituto, en cambio, para el instinto de reunirnos, de apelotonarnos, de convertirnos una vez más en masa y gentío, y es de temer que no lo podremos cumplir, en el mejor de los casos, hasta que los señores de los laboratorios nos faciliten una vacuna o un tratamiento eficaz. 

Tan terrible es pues la noticia para la cultura presencial, que hablar de un plan de rescate desde cualquier institución, y menos si es tan insensible y pobre, no sólo de espíritu, como la Generalitat, parece más sadismo que simple burla, cinismo o menosprecio. Suerte que en política se puede hacer todo menos el ridículo. Lo tenemos y lo tendremos crudo, tanto los profesionales como el público, si no somos misántropos, ágora fóbicos y antisociales sin remisión. El resto de humanos, es decir los humanos, experimentamos una necesidad irrefrenable de ritual colectivo, de reír, de llorar, de manifestarnos, de estallar juntos, de contagiarnos de las emociones de los desconocidos que tenemos muy cerca. La primera condición, la más necesaria, la imprescindible, para que esto suceda es estar apretujados. Como para hacer el amor. En estas situaciones, el distanciamiento no amortigua sino que aniquila.