24 oct 2020

Ir a contenido

Análisis

Madre pasea con su hija por Igualada, el primer dia que pueden salir los niños menores a la calle.

FOTO DE MARC VILA

Ya habrá alguien que cuide de las criaturas

Esther Vivas

Nadie sabe ni contesta a cuándo abrirán exactamente las escuelas ni cómo lo harán

"Claustro de profesores 'on line' y solo las mujeres tienen pequeños llorando en brazos. Siempre me pregunto dónde estarán los padres de esas criaturas". Lo comentaba una amiga el otro día en un grupo de Whatsapp. A lo que otra respondía que en sus reuniones  de trabajo diarias le sucedía lo mismo. La crisis sanitaria por covid-19 ha visibilizado la ingente tarea de cuidados que recae en el seno del hogar y ha constatado, y consolidado, el profundo sesgo de género de quienes realizan estas tareas, las mujeres.

Las medidas iniciales para dar respuesta a la pandemia del coronavirus ignoraron las necesidades de las criaturas y sus familias, confinando a los menores las 24 horas del día en casa e instando a sus progenitores a cuidarlos pero al mismo tiempo a teletrabajar; dos meses después, dichas políticas siguen la misma dirección. Si bien ahora los menores pueden salir una hora al día, algo que les supone un pequeño alivio, aunque no pueden ver a sus amigos, las 23 horas del día restantes continúan en casa y alguien debe hacerse cargo de ellos.

"Ya habrá alguien" son las tres palabras que mejor definen la política del gobierno respecto a la infancia y el cuidado en tiempos de coronavirus: ya habrá alguien que cuide de las criaturas, ya habrá alguien que juegue con ellas, ya habrá alguien que les prepare la comida, que las acompañe al baño, que esté pendiente de las clases 'on line', que les aclare las dudas a la hora de hacer los deberes. Y ese alguien en la mayoría de casos, una vez más, serán las madres. Si en nuestro día a día antes del covid-19, conciliar trabajo remunerado y crianza ya era misión casi imposible, con empleos precarios, horarios inviables y salarios cada vez más bajos; ahora, teniendo que teletrabajar o bien ir al puesto de trabajo -sin posibilidad de dejar a los pequeños con los abuelos o con otra persona a cargo-, la conciliación se constata como una utopía.

Al final la receta es la misma de siempre, que cada una se las apañe como pueda. De este modo, la crianza sigue relegándose al hogar, a lo privado, a lo invisible, a lo individual y a cargo evidentemente de las mujeres y, en particular, de las madres en el contexto actual. Una situación que tiene consecuencias nefastas para la salud emocional femenina, con altas dosis de estrés, ansiedad y sentimiento de culpa, al no llegar a todo, y sentirse mala madre y mala profesional. En el ámbito laboral, las mujeres con criaturas también lo pagan caro, no son pocas las que ni siquiera tienen un espacio físico en casa donde trabajar o lo tienen que hacer de madrugada, cuando los pequeños duermen. Todo esto repercute en el empleo, con tareas que se acumulan, mayor presión de los superiores o limitando la trayectoria profesional. Al margen del nulo tiempo personal del que disponen.

Las criaturas son las otras damnificadas. Se calcula que uno de cada cuatro menores padece ansiedad a causa del confinamiento, y algunos incluso pueden sufrir trastornos psicológicos permanentes como depresión, según un informe reciente de Save the Children realizado en varios países europeos y en Estados Unidos. El cierre de escuelas tiene también consecuencias para los pequeños, al serles vetado dicho espacio de socialización y aprendizaje. A parte del problema que significa para sus progenitores, quienes tienen que seguir trabajando, pero con las criaturas en casa.

Ahora se ha abierto la puerta a que a partir de la fase 2 de desconfinamiento, los menores de seis años cuyos progenitores trabajen fuera de casa puedan ir a la escuela. Sin embargo, ¿qué pasa con  aquellos que permanezcan en el hogar porque sus padres pueden teletrabajar o los mayores de seis que todavía no se quedan solos? La gran pregunta, que parece que todos los políticos han olvidado, es: ¿quién cuidará de ellos? La única opción que parece viable, una vez se descartan los abuelos, es contratar a una persona para que se haga cargo, pero, ¿quién -y más en un contexto de crisis- se lo puede permitir? Otra vez las familias con menos recursos serán las perjudicadas. Más allá de la precariedad de las personas, la mayoría mujeres, contratadas.

Es lamentable que el Gobierno responda antes a las demandas de determinados lobis empresariales, como el hotelero y el de la restauración, abriendo las terrazas ya en la fase 1, y con un 50% del aforo, mientras obvia las necesidades de las criaturas y sus familias. Nadie sabe ni contesta a cuándo abrirán exactamente las escuelas ni cómo lo harán. Algo que contrasta con la celeridad de la respuesta dada a otros sectores. Queda claro a quién se escucha.